Vida estéril.
Diga quien lo diga.
“Cuanto más conozco a las personas, más quiero a mi perro”, atribuida a Lord Byron (aunque a veces se cita a Mark Twain).
Esta frase, este sentimiento, no solo es de la autoría de dos famosos, y no por ello, dejo de pensar, y analizar la cosa, ni me intimida la popularidad ajena.
Alguno más dice lo mismo: mi perro es mi mejor amigo, el de cuatro patas no traiciona y es fiel, lo demás es -s,cmn309Çn538n-.
No seré yo, que estoy en deuda, quien diga algo en contra del perro u otros animales.
Lo que me lleva a pensar es como a lo largo de una vida, medio siglo de existencia, no haya podido cultivar alguien que le valore, alguien que le aprecie, alguien que haya creado un cierto afecto.
Por no mencionar, usare el nombre de Byron, o M Twain, que vida tan pobre, que no han podido encontrar en la sociedad donde viven, no han podido generar, esa es la cosa, generar alguna persona hombre o mujer que le valore, que genere sentimientos de amistad.
Esto más que definir a la sociedad define a uno mismo.
Triste tener que depender de la caridad perruna, que si enaltece al perro, denigra a la persona.
A su vez, debe ser, o sentirse tan poca cosa que no llama la atención, de humanidad, una vida tan hueca, tan vacía, carente de valor, que solo la bondad perruna, le regala el cariño ausente.
A veces, cada cual recoge lo que sembró, así pues dos cosas tienen, la fidelidad del pero y de su sombra, y no siempre la de esta, pues a las 12, del día y en la noche le abandona.
Triste pasar por la vida, y no tener quien te llore.



