En cuanto he podido, he intentado ver y escuchar, lleno de esperanza, todo lo referente a la celebración de los 50 años de democracia en España.
Mi corazón estaba gozoso, más que nada, por el hecho de que le concedieran el Toisón de Oro a la Reina Sofía, que no solo tuvo que afrontar los conocidos problemas matrimoniales, sino que, a pesar de ello, ayudó a su marido -el rey Juan Carlos I-, en el establecimiento de la democracia en España. Acerca de esto, bien dijo el rey Felipe que Juan Carlos I había apostado por la democracia. Al referirse a las actitudes de aquella gente, Felipe VI ha sacado a la luz algunas palabras que reflejan el espíritu de la transición, del que estaba entonces revestido el rey Juan Carlos, como “el ceder para poder ganar” y sobre todo el “elegir la palabra frente al grito; el respeto frente al desprecio”; y la “búsqueda del recuerdo frente a la imposición”.
Además de la reina Sofía -la primera en recibir el premio, de manos de su hijo el Rey-, los demás galardonados son los Padres de la Constitución que en estos momentos viven, y ello es algo muy digno de reconocimiento a los Reyes, teniendo en cuenta que uno de esos Padres (Roca Cabanellas) era un miembro del grupo nacionalista Convergencia Democrática de Catalunya, mientras que Miguel Herrero y Rodríguez de Miñón era simpatizante de la Derecha y Felipe González pertenecía al Partido Socialista.
Todos los galardonados alabaron a los demás; y alguno de ellos, como Felipe González, destacó la importancia de esos Padres de la Constitución, citando incluso a Manuel Fraga Iribarne; y ni siquiera dejó de referirse, entre las personas que buscaron el acuerdo entre unos y otros, al comunista Santiago Carrillo.
Sin embargo, como acontece con todo lo terreno, siempre se producen preocupantes silencios, que en este caso reflejan la mentalidad de muchos de nuestros dirigentes. Después de haber vivido un buen número de ellos la guerra civil, que había enfrentado a unos españoles con otros, la mayoría de los españoles de entonces no dejó de rezar en privado y en público, para pedirle a Dios una pacífica y feliz salida política al morir Franco.
En la celebración de los 50 años de democracia no se hizo ni una alusión a las súplicas de tanta gente para que España fuera adelante, en un ámbito de convivencia y verdadero amor. Cierto que, al principio del discurso de Miguel Herrero y Rodríguez de Miñón, se dejó oír la expresión “¡Gracias Señor!”; y al final, “¡Muchas gracias, Señor!”, algo que, a pesar de ser esperado y deseado, no se dirigía a Dios, sino al Rey. La palabra Dios no se pronunció en toda la celebración, a pesar de que en nuestra sociedad una buena parte de la gente, que continúa pidiéndole a Dios la paz y el amor entre los hombres, hubiera deseado oírla.
Para concluir, y aunque esa persona no vive en el momento actual en la tierra, quisiera mencionar a quien estuvo entonces muy activo: el Cardenal Vicente Enrique Tarancón. Él no solo encomendó al Señor a lo largo de su vida la situación de España, sino que fue convocado por los que buscaban una feliz resolución de lo que tenían entre manos. Él, que deseó el buen entendimiento entre los españoles de diverso signo y creencia, tuvo que soportar el desprecio de la derecha más radical, a pesar de lo cual mostró caminos adecuados y muy dignos al rey Juan Carlos.
Aunque no lo hayan mencionado como merecedor de todo elogio en la búsqueda de la reconciliación y de planificar el camino común, el Señor se lo habrá retribuido con una gloria sin par. Tampoco se ha mencionado en este acto conmemorativo a ninguno de los que han sucedido al Cardenal Tarancón, y que tienen en la actualidad unos compromisos importantes para el bien de España. Esperemos, sin embargo, que el dador de todo bien nos ofrezca en la vida que desarrollamos en esta tierra y en la del más allá a los que hoy buscamos la paz y el amor entre todos, la gloria que solo Él nos puede dar.



