Francia convive cada cierto tiempo con pequeñas revoluciones o estallidos sociales que,
aunque comparten escenarios, responden a causas diferentes. Recuerden la revolución
de Mayo 68 de la que Daniel Cohn-Bendit, uno de sus líderes, dice que entonces los
jóvenes eran optimistas, querían construir otro mundo, transformar la sociedad y
proclamar que el futuro les pertenecía. “Había idealismo, voluntad de ruptura y
confianza -quizá excesiva- en la capacidad de cambiar las cosas”, señala.
En 2005 se produjo la revuelta de las banlieues que pusieron al descubierto la
marginación de los barrios periféricos, las dificultades de integración, la discriminación
y la ausencia de oportunidades. Aquella rebelión fue el grito de una juventud que se
sentía excluida de la sociedad en la que había nacido.
Ahora estamos viendo las protestas estudiantiles por las deficiencias del sistema
educativo que ofrecen la imagen de institutos incendiados, profesores agredidos,
barricadas y enfrentamientos callejeros. La falta de docentes, las clases masificadas, el
deterioro de los centros y la incertidumbre sobre el porvenir alimentan la frustración y
percepción de que su esfuerzo sirve de poco porque las instituciones no ofrecen
respuestas para lograr un futuro digno.
Pero la crisis ya trasciende a las aulas al incorporarse a las protestas los chalecos
amarillos y grupos radicales descontrolados que desatan una ola de saqueos, vandalismo
y violencia. Claro que la violencia no puede justificarse por muchas que sean las
carencias, pero tampoco sería sensato ignorar las causas previas que alimentan el
malestar.
La juventud francesa, como muchos jóvenes españoles, vive bajo el signo de la ansiedad
que generan la precariedad laboral y salarial, las dificultades para acceder a una
vivienda y el temor a quedar relegada en un mundo que cambia a velocidad vertiginosa.
No buscan la utopía de cambiar ese mundo, como en Mayo 68, reclaman, con razón, la
seguridad de poder construir su propia vida en él. El peligro es que la violencia
sustituya al debate e impida encontrar salidas.
Viendo lo que sucede en Francia debemos reconocer que en España no estamos tan mal
como muchas veces creemos, aunque sería un error recrearnos en la complacencia
porque también aquí abundan los enfrentamientos y conflictos -en Madrid hay huelga
de la enseñanza- y una crispación preocupante que dificulta alcanzar acuerdos básicos.
Por eso, las revueltas francesas son un aviso para España. Nadie puede garantizar a los
jóvenes un futuro sin dificultades, pero gobernantes e instituciones deben recuperar el
diálogo y buscar sinergias para despejar la incertidumbre e inseguridad que se ciernen
sobre su futuro.
Una pregunta final: entre tanta proclama preelectoral, ¿alguien escuchó alguna
propuesta para solucionar los problemas de los jóvenes?
“Que fixemos cos nosos fillos e netos para seren aprendices de fascistas?”. Antón Luaces
Hai nenos e mozos recoñecidos como fascistas ou aprendices deles en España que, ben porque os enganaron ou porque os pais e avós, non soubemos contarlles a verdade do acontecido na España vivida por nós entre 1936 e 1975, un periodo de tempo dunha ditadura entre...



