“Leer, la vida”. Alberto Barciela

18 Xullo 2026

Antes de conocer el mundo, lo leímos. Antes de caminarlo, ya habíamos recorrido sus sendas, descifrando la urdimbre, esa palabra hermosa que nace del latín ordiri para tramar o tejer nuestra propia existencia. Fuimos porque otros soñaron antes. Navegamos con la Odisea y la Eneida, descendimos a los abismos con la Divina Comedia para aprender que siempre hay un camino hacia la luz, y dimos la vuelta al mundo de la mano de Julio Verne, antes de sumergirnos en el Nautilus con el Capitán Nemo en la Ría de Vigo en busca de los legendarios galeones de Rande. Habitamos la selva primigenia con Rudyard Kipling, sobrevivimos a la soledad con Robinson Crusoe y buscamos tesoros en las islas de Robert Louis Stevenson, cartografías que resultaron ser los mapas inexplorados de nosotros mismos.

Nos iniciamos pensamos la República con Platón, dialogamos con la serenidad de Séneca, reflexionamos con Aristóteles, subimos a los árboles con Charles Darwin. Cabalgamos con Don Quijote, comprendiendo con Cervantes que la realidad necesita del ideal para no marchitarse. Aprendimos en El Lazarillo de Tormes que la necesidad educa, y descubrimos en La Celestina que pasión y ambición hablan el mismo idioma. La picaresca es el gran caleidoscopio donde se refleja la vida misma. Nos hicimos pueblo con Fuenteovejuna, y con los místicos e inefables San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Jesús descubrimos que el silencio absoluto posee una caligrafía redentora. Y Quevedo, Lope, Baltasar Gracián, la Generación del 27. Fuimos siglos de oro y de plata y de bronce, y lo fuimos todo, en el doloroso exilio o en casa.

Y lo bello grita saudoso, sordamente, en Pessoa o con el telúrico Miguel Torga, y en todo lo luso maravilloso.

Nos enamoramos de forma furtiva con Romeo y Julieta, y nos hicimos aventureros leales con Dumas. Nuestra memoria se expandió hacia todos los puntos cardinales, conociendo el refinamiento cortesano con Murasaki Shikibu, atisbando la vastedad del alma con Rabindranath Tagore, y escuchando el torrencial canto a sí mismo de Walt Whitman. Perseguimos a la insondable ballena blanca de Herman Melville, comprobando que toda gran obsesión esconde un naufragio y la confirmación de nuestra resistencia. Y en este punto conviene advertir que siempre hemos leído menos de lo que nos queda, pero más de lo que algunos sueñan.

Vivimos la monumentalidad de Guerra y paz, padecimos la fiebre moral de Crimen y castigo y buscamos el tiempo perdido con Marcel Proust. Exploramos el fluir de la conciencia con James Joyce, atravesamos los pasillos absurdos de Franz Kafka. Vigilamos el futuro inquietante desde el 1984 de George Orwell y habitamos los laberintos teológicos de Umberto Eco.

América Latina nos regaló el realismo mágico y la identidad descarnada. Habitamos el prodigioso Macondo de Gabriel García Márquez y escuchamos a los muertos en el Comala de Juan Rulfo. Jugamos a desarmar la vida con Julio Cortázar. Nos perdimos en las ficciones de Jorge Luis Borges, maestro que nos enseñó que el infinito es una vasta biblioteca. Nos adentramos en Machado de Assis, Jorge Amado, Nélida Piñón, Neruda, Octavio Paz y un largo etcétera de verdaderos demiurgos de la palabra. Comprendimos que toda gran novela, todo gran relato, todo gran poema, acaba siendo una biografía coral de la humanidad.

Desde Galicia, nuestra tierra húmeda y antigua, aprendimos que lo genuinamente universal brota de la raíz más local. Caminamos con la prosa deslumbrante de Álvaro Cunqueiro, comprendiendo que la realidad requiere de la fantasía para soportarse. Resistimos con dignidad granítica con Celso Emilio Ferreiro, afirmamos nuestra identidad con Castelao y descubrimos junto a Rosalía de Castro que un pueblo puede navegar por los mares bravíos de su propia saudade, voz que evoca la profunda dulzura de la nostalgia, hasta hacerse inmortal. Gozamos con Otero Pedrayo, Risco y el inmenso contexto intelectual de la Xeración Nós, Carlos Casares, Alfredo Conde, Víctor Freixanes, María Xosé Porteiro, Inma y Xosé López Silva -inmenso Plinio- y tantos otros. Contamos y cantamos. Y Valle Inclán, Madariaga, Cela, Torrente…

En el pasmo alegre del pensamiento, nos fuimos haciendo nosotros. Comprendimos que el ser humano es el crisol donde se funden lo sublime y lo cruel. Entendimos, finalmente, que los libros no solo cuentan el mundo: nos cuentan a nosotros. La palabra nos permite recordar lo vivido, compartir la frágil belleza y vencer a la tiranía del tiempo.

Seguiremos siendo peregrinos del asombro, hijos del verbo y ciudadanos libres de esa inmensa patria sin fronteras a la que llamamos literatura. No podemos citar a todos, pero sí disfrutarlos, acercándonos a una librería como Bandini en Bertamiráns u otras, sus puertas son el espejo de Alicia y nos abren un país de maravillas, un jardín inmenso de palabras mágicas para refrescarnos. Pronunciemos con decisión Abracadabra -que proviene del arameo “avra kehdabra”, cuyo significado es “creo mientras hablo”-. Las palabras, fuerzas creadoras y evolutivas, son alas hacia la magia, olas de prodigios. Infinitas. Vale.

Alberto Barciela

Periodista

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