He visto el despegue del Falcon que el rey de España ha prestado al Papa para su vuelta a Roma. Y he pasado docenas de horas de la última semana viendo, oyendo y leyendo imágenes y textos nunca antes vistos u oídos: ¿con cuales quedarme para redactar esta columna periodística de dos mil caracteres?: ¿con imágenes, con palabras, con silencios…; ¿con los treinta discursos, con los doscientos niños bendecidos al paso, con los veinte testimonios lacerantes de personas que sufren? (la rapaza salvada del suicidio por una mano cercana, la hija del padre en prisión por el asesinato de su madre, frustrado por el muchacho que se interpuso y murió, la madre drogada y la hija en Centro de Acogida aprendiendo a perdonar…?)
Me parecieron siete días de sesiones de Antropología: cuanto cabe de pasiones, emociones, ideas; la dignidad de concebidos, de enfermos, sanos, dolientes, de migrantes, de vivos declinantes, de la compasión de unos por otros…; esa muchacha ciega que describe con el tacto la Torre de Jesús a los visitantes turulatos; aquellos que esperaban cinco horas el paso del papa móvil; esos siete minutos de aplausos en el Congreso; la Sagrada Familia envuelta en una flotante nube blanca, millones de gente amigadas; el cosquilleante lema ¡alzad la mirada!…
Han sido cien horas de atención mantenida. Activo la memoria, empiezo a repasar homilías y discursos, en silencios. Abro el ordenador, y empiezo a teclear esta columna periodística titulada… Siete Días Vibrantes: “He visto el despegue…”



