Comparto con muchos gallegos una vieja querencia por Portugal. Nos une la geografía, la historia y también algo tan profundo como la afinidad de carácter y una manera de entender la vida. Admiro su paisaje y sus monumentos, su cultura y su gastronomía, su hospitalidad y su forma serena de estar en el mundo.
A esta admiración sentimental se suma otra de carácter cívico: el respeto que los políticos y el pueblo portugués muestran hacia las instituciones y la madurez democrática con la que resuelven sus asuntos políticos.
El lunes fue investido como presidente de la República el socialista Antonio José Seguro tras ganar las elecciones al candidato de la extrema derecha. Los portugueses optaron por un político de perfil moderado, cercano y conciliador, apoyado también por la derecha. En sus primeras declaraciones tras la victoria recordó su origen humilde y su ideario con palabras sencillas y directas: “Soy uno de vosotros… Soy libre, vivo sin amarras. Mi libertad es la garantía de mi independencia… Estoy aquí para solucionar los problemas de las personas”.
Este perfil cercano enlaza con la personalidad del presidente saliente, Marcelo Rebelo de Sousa, a quien los portugueses bautizaron como “el presidente de los afectos” por su cercanía y sencillez. Las imágenes del presidente Rebelo en la cola de la caja de un supermercado o disfrutando de un baño en Cascais dieron la vuelta al mundo. En ambos casos estaba solo, sin guardaespaldas, como un ciudadano más con una normalidad que dignifica la política.
También resultó elocuente su visita a Madrid en 2021. Tras la reunión oficial con Felipe VI en el Palacio de Oriente, ambos jefes de Estado se fueron andando y compartieron mesa en una terraza de la plaza, una imagen que trasmitía sencillez y confianza.
Felipe VI, como el presidente Rebelo, también está consolidando lo que en la Roma clásica se llamaba auctoritas, el poder moral que nace del prestigio personal y genera confianza y respeto. La legitimidad institucional se fortalece cuando quienes la encarnan se comportan con discreción y ejemplaridad.
Es admirable la sensatez de la política lusa y la madurez de su ciudadanía. En Portugal nadie cuestiona la unidad nacional, la bandera o el himno, ni la figura del presidente de la República que los representa a todos. Allí es inconcebible que se abuchee el himno o se queme la bandera “como protesta partidista” porque los símbolos no dividen, representan, y ningún partido o ciudadano se avergüenza de ellos. Lo dijo el nuevo presidente: “Estoy emocionado con el apego del pueblo portugués a los valores constitucionales”.
Desde España, con la cercanía que nos da la vecindad y la historia compartida, solo cabe expresar una sana envidia. Portugal vuelve a recordarnos que la educación y el respeto institucional no son signos de debilidad, son una fortaleza democrática.



