Santiago de Compostela se ha despertado estos días con una pequeña gran
conmoción: ha cerrado un kebab y, en su lugar, abrirá un Starbucks. En
cualquier otra ciudad sería un cambio rutinario, un simple relevo comercial.
Pero aquí, donde la humedad multiplica las pasiones y los debates, el hecho ha
bastado para desencadenar un duelo gastronómico y una crisis de identidad
urbana.
Algunos representantes de la izquierda local se han apresurado a calificar este
hecho de gentrificación y han usado las redes sociales para lamentarse. El
detalle menor es que el kebab apenas llevaba unos años abierto. Pero la
nostalgia urbana es rápida y selectiva, y basta que algo desaparezca para
volverse entrañable. Todo esto es digno de un buen tuit, que parafraseando a
Martin Niemöller sería: “primero vinieron por los kebabs, y yo no dije nada,
porque ya había cenado”.
El término gentrificación es la palabra comodín de las tribunas progresistas
indignadas, y a pesar de que nació para describir un proceso muy concreto, el
de la expulsión de vecinos por el aumento de los precios, hoy se usa para casi
todo.
El kebab cerró seguramente por falta de clientes, por cansancio o por
competencia, y en su lugar una multinacional ha visto un hueco comercial. Pero
en el nuevo lenguaje político Starbucks no vende café. Representa la invasión
de lo global sobre lo local. Y el kebab, por contraste, se convierte en símbolo
de resistencia, aunque su existencia sea igual de globalizada y su menú, tan
industrial como el del gigante americano.
En Santiago no se ha expulsado a nadie. Solo se ha sustituido un local de
comida rápida por otro. Lo que cambia es el logotipo, no la estructura social.
Los expulsados de los barrios no se van por falta de kebabs, sino por falta de
alquileres asequibles. Pero el activismo contemporáneo necesita enemigos
visibles, y la sirena verde es tan fácil de odiar como un fondo de inversión.
La paradoja es que Santiago siempre ha vivido de los cambios. Es una ciudad
nacida del Camino, del tránsito constante de personas, lenguas y mercancías.
Nada hay más compostelano que la mezcla. La catedral, las universidades, las
tiendas de recuerdos y los bares conviven desde hace siglos en un equilibrio
entre lo sagrado y lo profano. “Santiago, decía un librero del casco histórico, es
el único lugar donde puedes rezar por tus pecados y, a la salida, comprar un
imán con forma de concha fabricado en China.”
El Starbucks no altera esa esencia, simplemente la actualiza. La política
últimamente sustituye el gesto por el análisis, y los que denuncian este
“atentado” contra lo local lo hacen desde móviles fabricados en Asia y
probablemente compren en Amazon, paguen con sus móviles y en sus
vacaciones elijan Airbnb para alojarse.
Últimamente la política se ha vuelto, más que ideológica, estética. Defender el
kebab se convierte en una forma de exhibir sensibilidad popular, de demostrar
que se está del lado de “la gente”. La izquierda compostelana ha descubierto
que la revolución se hace ahora con stories y filtros sepia. En la era del like, la
autenticidad es solo otro filtro.
Santiago que ha sobrevivido a guerras, pestes y franquicias, seguirá siendo
Santiago, con su lluvia, su piedra y su eterna vocación de mezclarlo todo. La
ciudad no se define por los logos que cuelgan de sus fachadas, sino por la vida
que bulle entre ellas.
En Compostela, lo único que no se gentrifica nunca es la polémica.



