La Familia de Belén es una historia preciosa, de película dirían algunos. Un joven matrimonio que afronta un viaje obligado y un parto improvisado. Un marido que acepta un embarazo que no entiende pero confía y ama a su mujer.
El niño Dios elige para nacer el entorno modesto y sencillo de un establo rodeado de animales. Y aquí con ese nacimiento surgirá algo maravilloso: un mensaje de redención y amor sin condiciones, que culminará con el sacrificio de uno para salvar a todos.
Es ya casi un tópico que las navidades han dejado de ser una fiesta cristiana.
Ahora asistimos a competiciones entre alcaldes a ver quién levanta el árbol más alto o quién enciende el mayor número de luces. Nos perdemos entre las multitudes en los centros de las ciudades en un frenesí de consumismo.
Fanáticos del tercero mandamiento de la Iglesia, no tanto porque santificar las fiestas signifique unificar el descanso con la devoción a Dios, sino porque la entendemos como algo trascendental, celebramos y celebramos, pero ya no sabemos muy bien qué. Si antes se encendían luces en Navidad porque se podía entender que Cristo es “la luz del mundo”, hoy es la luz del consumo la que ilumina las calles y plazas para animar a la gente a comprar y comprar.
Que la Navidad ya no es lo que era parece evidente. Se va quedando en una fiesta para niños que los mayores sobrellevan idealizando con nostalgia una niñez donde no faltaba el Belén, el árbol de Navidad, los villancicos, el turrón y los polvorones, pero tampoco la lectura de los clásicos de la literatura juvenil. Salgari, Verne, Twain, Conan Doyle, Wells, Stevenson y sobre todo Charles
Dickens llenaban el tiempo de las vacaciones, a falta de Internet, ordenadores, videojuegos, YouTube y demás.
La Navidad, más que nunca, parece haberse convertido en un cuento y no en el de Dickens, esa historia del avaro Ebenezer Scrooge, visitado por tres fantasmas durante la Nochebuena, que le hacen salir de la miseria moral en la que vivía. Desafortunadamente todavía quedan muchos Scrooges sueltos. Poreso asistimos a lamentables y crispados desencuentros políticos. La ausencia de moral, la prepotencia dogmática y el alarde de arrogancia adquieren dimensiones mayúsculas cuando ese espíritu dañino lo practican quienes debieran enarbolar la bandera del bien común.
La Navidad es un signo de esperanza, no de optimismo sin fundamento, sino de confianza ciega en que todo va a cambiar, porque Dios nació en un pesebre y cambió la historia. La esencia de la Navidad es recordar que Dios se hace cercano y que no abandona a la humanidad rebelde, pese a su continuo rechazo y empeño en elegir el mal. Dios irrumpe en el mundo para darnos a conocer su proyecto de amor, para conquistar nuestros corazones, para enseñarnos que la plenitud se alcanza en el amar y servir, en la solidaridad con nuestros hermanos.
Por eso, si estás pasando por un momento difícil de tu vida, mira a ese Niño y hazte como él, pequeño, ábrele tu corazón, en confianza y háblale de tú a tú.
Quizás es un buen momento para contarle lo que te pasa, para sentir su compañía. En Belén, en la radical inocencia de un Niño, en el amor más puro, está el mensaje de la civilización humana y debe ser como afirma Washington Irving, la estación para encender el fuego de la hospitalidad en el salón y la llama genial de la caridad en el corazón.
“Manuel ¿para qué sirve la música?”. Manuel Dominguez III
Manuel ¿para qué sirve la música? ¿Te podrías imaginar un mundo, la vida sin música, podrías vivir en ese mundo? Te imaginas ir al campo, y que faltase ese cantar del Mirlo o del Jilguero, que el silencioso fuese, tal silencio que hasta faltase el ulular del viento....



