El lexicógrafo Eladio Rodríguez López, en su célebre diccionario editado por el Centro Gallego de Caracas, dejó anotada una de esas perlas que invitan a tirar del hilo de la historia. Al definir la palabra «aviación», aludía a un vecino del ayuntamiento lucense de Xove llamado Tomás Mariño Pardo, fallecido en 1880 «después de vivir obscurecido». La llamada de atención del erudito estimula la curiosidad. Al revisar su peripecia se descubre a un maestro y perito agrimensor que, en el atardecer de su vida y retirado en Viveiro, concibió en el verano de 1879 un manuscrito titulado Proyecto acerca de la navegación aérea. En una época en que el ser humano apenas se encomendaba a la deriva de los globos aerostáticos, este visionario trazó sobre el papel una aeronave de alas rígidas, propulsión propia y capacidad de gobierno, estructurando sus reflexiones en un ingenioso diálogo entre él y un interlocutor imaginario llamado Sílio. El escrito está custodiado en el Arquivo Xeral do Reino de Galicia.
En este año en que se conmemora el centenario del histórico vuelo Madrid-Manila realizado en 1926 por la Escuadrilla Elcano, resulta imprescindible recordar al aviador lalinense Joaquín Loriga Taboada, héroe de aquella epopeya. A su nombre se unen los del ferrolano Ramón Franco a bordo del Plus Ultra o el de su paisano Francisco Iglesias Brage, quien en 1929 cruzó el Atlántico hasta Brasil en el Jesús del Gran Poder tras trazar, además, los primeros bocetos del campo de vuelo de Lavacolla, Peinador y Alvedro.
Precisamente las proezas de Iglesias Brage en la aviación lo llevaron más tarde a la Amazonia peruana para preparar una expedición científica. Allí se cruzó con la figura fascinante de Alfonso Graña, nacido en el municipio orensano de Avión y proclamado «Rey de los Jíbaros» como Alfonso I de la Amazonia. Graña, respetado por las tribus shuar, protagonizó una gesta épica al rescatar los restos de un avión de la aviación militar peruana estrellado en la selva, embalsamando a sus ocupantes y trasladándolos a través del peligroso Pongo de Manseriche. Junto al librero Cesáreo Mosquera, el aventurero de Avión sirvió de enlace logístico a Iglesias Brage para reunir la extraordinaria colección etnográfica que hoy guarda el Museo Nacional de Antropología de Madrid.
La tradición aérea alcanzó incluso a la política institucional con el médico compostelano Gerardo Fernández Albor, primer presidente de la Xunta de Galicia, quien en su juventud aprendió a pilotar, eso sí, con los alemanes.
Sobre el aeródromo compostelano me contaba una anécdota entrañable el escultor y paisajista Cándido Pazos, con carné también para surcar aires. Me dijo que el Real Aeroclub de Santiago incorporó en 1954 una emblemática avioneta Bücker Bü 131 Jungmann. El aparato, de apenas 380 kilogramos de peso y alas enteladas, poseía una velocidad de pérdida extraordinariamente baja. Durante los días de temporal en la meseta de Lavacolla, cuando las rachas de viento frontal superaban la velocidad de crucero del biplano, los pilotos reducían potencia y la masa del aire desplazaba la nave hacia atrás respecto al suelo sin perder la sustentación, ofreciendo a los atónitos espectadores el espectáculo de un avión volando en sentido inverso.
Aquel mismo campo de vuelos compostelano dio pie a otra retranca memorable a principios de los sesenta. Corría el rumor de que Su Santidad el Papa planeaba visitar Santiago con motivo de un Año Santo, pero la pista de Lavacolla carecía de la longitud necesaria para que tomaran tierra los modernos reactores y recibir al insigne visitante y a miles de turistas. Se imponía una urgente ampliación y el arzobispo compostelano, el cardenal orensano Fernando Quiroga Palacios, acudió a entrevistarse con el entonces Generalísimo. Francisco Franco, gallego viejo y por naturaleza escamado, miró de reojo a su paisano con solideo y le espetó con desconfianza: «¿Y si no viene el Papa, Eminencia?». Quiroga Palacios, sin despeinarse y dominando el noble arte del esgrima dialéctico de la tierra, remató la conversación devolviéndole el dardo: «¿Y si viene, Excelencia?». Ante semejante encrucijada teológico-aeroportuaria, al dictador no le quedó más remedio que ceder y firmar la modernización de las instalaciones.
Desde el manuscrito de Xove hasta las pistas de Lavacolla, Peinador o Alvedro, pasando por la selva amazónica de Alfonso Graña, la comunidad trazó una trayectoria de audacia técnica, solidaridad y visión de futuro. Es bueno recordar y, sin tener un porqué, dejar volar la imaginación sin caer en las estériles polémicas aeroportuarias de nuestro tiempo; pensar que Galicia ha de volar hacia el futuro, nunca hacia atrás, con la predisposición de aquellos pioneros que nunca olvidaron su compromiso con a Terra Nai, aunque a veces las nuevas generaciones apenas recuerden quiénes fuimos y quiénes somos.
Para emprender una hermosa travesía basta la certera chispa hallada en la entrada de un maravilloso diccionario. Lean, las palabras vuelan.
Alberto Barciela
Periodista




