Podemos observar cada día el esfuerzo de los diversos grupos políticos para hacer ver que todo lo que realizan es lo mejor para el bien de la sociedad, en especial del electorado. También se ve que los diversos medios de comunicación (radio, TV, periódicos, redes…) proclaman lo que dicen “al servicio de su ‘amo” … A tono con esta afirmación, la gente va tomando postura para elegir un medio que ensalce las actividades de su partido, o bien otro que se muestre más libre, hasta el punto de ayudar al que lo ve u oye a ser también libre, independiente, y servidor de la verdad en su propia vida.
En el día de hoy, una jornada en la que es difícil olvidarse de los numerosos muertos y heridos del accidente de Urda -Los Yébenes- (Toledo), no consigue uno liberarse de la tristeza provocada por tantos fallecimientos que no deberían haberse producido, si se pusieran los medios oportunos para evitar el desastre. Si durante unos días se estaba esperando que el responsable anunciara su dimisión, o que el Presidente del Gobierno proclamara su cese, ahora se discute sobre si la dimisión era lo más procedente, o si el haberlo hecho se debía a la “dignidad” del referido Ministro, o bien a lo que le convenía al Partido en el que milita, de cara a las próximas elecciones. El haber proclamado el fin de su cometido, después de varias horas en las que el responsable de Transportes expuso las razones por las que no debía dimitir, hace pensar que el término de su cometido se debía a un cese.
También de vez en cuando refieren los medios lo que acontece con la pedofilia. Esta mañana he leído que el 10% de los hombres de nuestro país reconoce haber tenido relaciones sexuales con menores de edad. Esto mueve a pensar que, añadiendo a aquellos que no confiesan haber faltado, el número sería mucho mayor. Independientemente de la pertenencia de los pedófilos a una u otra Institución, de lo cual a menudo se ofrecen porcentajes, es una vergüenza la poca ayuda de los medios gubernativos, que deberían colaborar a que eso no sucediera, con penas más serias para los que abusaran de los menores de edad.
Algo semejante, aunque yo no lo trate pormenorizadamente ahora, pero que se relaciona muy de cerca con otros abusos sexuales, acontece con el permiso de libre acción en saunas y centros semejantes: el frecuentar esos ámbitos vuelve proclives a los usuarios al abuso sexual respecto de los menores. No quiero dejar de detenerme, por tratarse de vidas semejantes a las que hallaron la muerte en el accidente ferroviario, en el estudio de los abortos que, según se dice en el mismo diario, fueron realizados en centros públicos.
En ese periódico leí lo que, con aires de progreso, se decía: que la Sanidad Pública llevaba a la práctica casi todos los abortos que se realizaban. En concreto, la media de interrupciones del embarazo en nuestra tierra ha sido, según he podido leer, la de diez al día, dando un total de mil ochocientos cincuenta y cinco abortos en seis meses. Lo más triste es que no aparezca la palabra “muerte”, cuando para interrumpir un embarazo hay que segar una vida, una vida de alguien que no chilla, y que, como he escrito en otras ocasiones, no se trataba de “la vida de un perro o de un gato”: siempre sale del vientre de la madre un niño o una niña.
Y, si Vds. creen que debe dimitir quien no ha evitado por falta de previsión la muerte de tantas personas como las de Urda, ¿consideran en cambio un trabajo digno el que el centro oficial de salud, creado para curar, prescinda de tantísimas vidas, que, al cabo de unos pocos meses serían otras tantas personas, que aumentarían el número de los habitantes de nuestra sociedad? ¿Es esa una señal de progreso…, o habrá que contabilizar más bien a los abortos como otras tantas muertes, a manos de su madre o de su padre, sin que esos seres vivos fueran culpables de nada? ¿Creen Vds. que las ya próximas elecciones pueden justificar el que no solo se causen esas muertes, sino que incluso lleguen a presumir al referirse a ellas como “hechos de progreso”, merecedores de que voten al partido que eso promueve…?
El que no pudieran chillar y que no hubieran llegado todavía a nacer, no justifica el que nadie, y menos su propia madre, los mate.



