
Cuando un autor te deja tan buen recuerdo con sus obras anteriores, uno siempre está dispuesto a seguir leyéndolo. Esto es lo que me pasa a mí con Juan Pedro Delgado Espada, a quien sigo desde aquel Mosquetero del Rey. Ahora he vuelto a disfrutar mucho con sus dos últimos libros que, aunque se dirigen a lectores de edades diferentes, comparten la misma convicción de que una buena historia puede cambiar la manera de mirar el mundo.
Gañán, el ratón aventurero parte de una idea tan disparatada como sugerente. Un pequeño ratón recibe la misión de arrojar al volcán Vesubio la flauta mágica del flautista de Hamelín para destruirla, pero se pierde por el camino y acaba en un pueblo del norte de España. Allí encuentra refugio en una biblioteca a punto de cerrar porque los niños han dejado de frecuentarla. Con la ayuda de Hilario, el bibliotecario, tratará de encontrar la manera de salvar aquel lugar lleno de libros, cuentos y sueños.
Gañán es un personaje que se equivoca, se enfrenta a dificultades y siempre encuentra motivos para seguir adelante. Su pequeñez, casi diría que su fragilidad frente al mundo que lo rodea, no le impide afrontar desafíos que parecen superarlo. Y esa es una de las enseñanzas del libro a los lectores más pequeños, no hace falta ser grande para emprender grandes aventuras.
Con Capitán de corsarios, el autor nos traslada a las posadas de Bristol frecuentadas por hombres peligrosos, las travesías hacia el Caribe y la amenaza de un pirata temible. En este ambiente, el joven e intrépido periodista Daniel Jack, se verá obligado a poner a prueba su coraje e inteligencia.
Aquí Delgado Espada recupera el sabor por la novela clásica de aventuras que muchos pensábamos que se había perdido. Esto no resulta sencillo. La aventura necesita un protagonista al que queramos acompañar, peligros y una intriga que nos empuje a seguir leyendo.
Quienes tanto disfrutamos con Stevenson o Salgari encontramos aquí una puerta abierta a aquel universo literario que tan felices nos hizo. Qué satisfacción poder compartir ahora con nuestros hijos, el placer de volver a descubrir aquellas aventuras que tanto nos hicieron soñar. Libros como este nos permiten viajar con la imaginación, enfrentarse a lo desconocido y descubrir que el valor no consiste en no tener miedo, sino en seguir adelante a pesar de él.
Lo que une ambas novelas es, en el fondo, la confianza en el lector joven del autor. Juan Pedro Delgado no parece conformarse con ofrecer un pasatiempo que se olvida al cerrar el libro. Quiere despertar su curiosidad, acompañarlo en el descubrimiento de la lectura y recordarle que esta puede ser exigente sin dejar de ser entretenida. Ese propósito nos habla de su compromiso como escritor y de su voluntad de contribuir a formar lectores.
Por todo esto recomiendo la lectura de estas dos obras. A los más pequeños, para que acompañen a Gañán en su aventura. A los adolescentes, para que se embarquen en una historia que no les concede tregua. Y a los adultos, para que a través de las miradas de sus hijos recuerden que también ellos algún día quisieron ser Gañán o Daniel Jack.
Juan Pedro nos enseña que escribir para niños y adolescentes pasa por no subestimar su inteligencia. Y cuando un autor como este se toma tan en serio a sus lectores, creo que merece que también nosotros nos tomemos en serio sus libros.



