
En agosto regresé a mi aldea de Sobrado dos Monxes al encuentro familiar y con los paisajes de la infancia. Como otras veces, me acerqué al río Mandeo que discurre por aquellos parajes a unos cinco kilómetros de su nacimiento en O Marco das Pías, y encontré el cauce completamente seco. Ni una gota de agua, tan solo el lecho de un río desaparecido.
Nadie recuerda haber visto nunca así el Mandeo. El recuerdo que permanece en los lugareños y en quienes estamos fuera es el de un río que en agosto, cuando el calor apretaba, recibía en sus aguas cristalinas a niños y mayores para un baño refrescante. Lo mismo ocurría a lo largo de 60 kilómetros en su recorrido por Curtis, Aranga, Irixoa, Coirós y Paderne hasta entregarse al Atlántico después de formar la ría de Betanzos.
En su curso unía pequeñas aldeas, fecundaba tierras, alimentaba bosques y ganado y atravesaba paisajes de una belleza serena. Fue río de truchas, salmones y anguilas; de molinos y de fiestas, como Os Caneiros, una de las romerías más populares de Galicia. El Mandeo formaba parte de la vida de la gente, como los prados, las carballeiras o el tañido de las campanas del milenario cenobio. Era fuente de vida para las casas y animales, los prados y las huertas.
En sus orillas quedan las pisadas de los pescadores, las huellas de viejos lavaderos, la imagen de los niños que jugaban a construir presas y de los labradores que presumían, fachendosos, de su río. Para ellos el Mandeo no era un simple accidente geográfico, era parte de su vida, de su economía, de su paisaje.
El Mandeo es una víctima del cambio climático que la ciencia anuncia desde hace años, y se manifiesta en largas sequías, el aumento de las temperaturas y la alteración del régimen de lluvias, factores que causan su muerte, aunque sea temporal, que quiebra el ánimo colectivo. Hay que preguntarse, también, si hubo manipulación del cauce, captaciones irregulares u otras alteraciones que podían parecer normales mientras llevaba agua. Un río vive al amparo de cuanto sucede en la tierra que recorre y su salud depende de nuestra manera de respetar el medio.
Por eso resulta muy duro ver ahora su cauce y no escuchar el murmullo del agua es un desastre medioambiental que a nadie deja indiferente. Quedan los cantos rodados, la arena y una vegetación mustia, pero falta la vida que alimentaba el Mandeo, un ecosistema fluvial dinámico y emblemático que era parte esencial de la vida de un amplio territorio. Hay que esperar que este verano apocalíptico sea una excepción y no el anuncio de algo irreversible.
Mientras, aquel cauce seco lleva a parafrasear, desde la nostalgia, la elegía del poeta Rodrigo Caro ante las ruinas de Itálica: “Este, Fabio, ¡ay dolor!, cauce seco que ves, fue desde tiempos inmemoriales el lecho del río Mandeo”. Ojalá no tengamos que acostumbrarnos a esa imagen.




