Hay tradiciones que anuncian el verano mejor que el calendario. Las fiestas
patronales, las terrazas llenas y las grandes orquestas. Hubo un tiempo en que
la canción del verano se elegía entre Georgie Dann, Los del Río o cualquier
otro artista capaz de poner a medio país a bailar en las verbenas. Bastaban
cuatro acordes, una coreografía sencilla y un estribillo pegadizo para conquistar
chiringuitos, fiestas y coches con las ventanillas bajadas.
Hoy también tenemos canción del verano. Solo que ya no sale de una
discográfica sino que se compone en el Consejo de Ministros y cada semana
se añade una estrofa nueva. Todo para no hablar de la condena del exministro
aficionado al sexo de talonario. Del hermano incapaz de explicar con claridad
dónde trabajaba o a que se dedicaba. O del expresidente de las amistades
peligrosas, los negocios oscuros y las joyas caras.
Suena el bombo, suena el son,
otro caso en la colección.
Si la letra ya incomoda…
cambia el disco y otra canción.
Lo verdaderamente llamativo no son los casos. Es la capacidad del presidente
para seguir dirigiendo la orquesta como si nada ocurriera. España puede
despertarse con un nuevo escándalo y La Moncloa responde con la
tranquilidad del director que pide a los músicos tocar más fuerte para que el
público no escuche los silbidos.
Gobernar parece haberse convertido en una tarea secundaria. Lo prioritario
consiste en mantenerse un día más. Un pleno más. Una votación más. Una
cesión más. Y para eso nunca faltan instrumentos. Hoy una competencia.
Mañana una financiación singular. Pasado una transferencia. Después
cualquier otra concesión que permita conservar los apoyos parlamentarios. Da
la impresión de que el interés general ha dejado paso a un mercadillo político
donde todo parece negociable.
Uno empieza a sospechar que La Moncloa se parece cada vez menos a la sala
de máquinas del Estado y más a la caseta principal de una verbena. Lo
importante no es reparar la atracción averiada, sino que la orquesta siga
tocando. Mientras haya música, parece pensar alguien, nadie preguntará quién
paga la fiesta.
Sube el foco, más color,
que no decaiga el clamor.
Si alguien pregunta qué pasa…
¡otro bis y más tambor!
España empieza a parecerse a esas verbenas donde la música suena tan alta
que apenas permite escuchar o hablar con quién tienes al lado. El volumen
sustituye a la conversación, el espectáculo al contenido y el ruido se impone a
la realidad.
Dale al bombo, dale al son,
que no decaiga la función.
Si protesta el respetable…
más decibelios al altavoz.
Pero incluso para este gobierno también llegará septiembre. Las luces de
colores se apagarán. Los altavoces dejarán de sonar. Las orquestas recogerán
los instrumentos y las plazas volverán a quedarse en silencio. Es entonces
cuando aparecen las preguntas que durante el baile nadie quiso formular.
¿Qué queda después de tanta música? ¿Qué reformas permanecen? ¿Qué
problemas se han resuelto? ¿Qué país hemos construido mientras sonaba la
verbena?
Y quizás entonces, quienes no encuentren respuestas, compondrán la estrofa
final de la canción:
Se apagó la romería,
se terminó la función.
Actuará la Fiscalía…
y hablará, por fin, la nación.



