“Época de mucho ego y poca introspección” – José Antonio Constenla

25 Maio 2026

En los últimos años hemos convertido la moderación en sospecha. Ser prudente parece propio de cobardes; dudar, una forma de debilidad; y pensar antes de hablar, casi un gesto reaccionario. Vivimos en la época del pronunciamiento permanente, de la opinión instantánea y del exhibicionismo sentimental. Todo es urgente, rotundo, definitivo.

Quizá por eso siempre me ha parecido inquietante el viejo lema latino del Carpe Diem. Esa idea de vivir cada instante como si fuera el último, suena menos a libertad que a condena. Hay algo profundamente agotador en esa exigencia contemporánea de convertir cada experiencia en algo memorable, como si disfrutar no fuera un deseo, sino una obligación. Parece que todo tuviera que ser extraordinario. Como si una vida tranquila, rutinaria o simplemente serena fuese insuficiente. Estar presentes en lo cotidiano es importante, pero también debería serlo poder imaginar el futuro.

La actualidad española ofrece ejemplos diarios de esa hipertrofia del ego y de la apariencia. La corrupción política no nace sólo del dinero, sino también de la incapacidad de aceptar límites, del convencimiento de que todo merece ser conquistado, poseído o disfrutado de inmediato. Lo preocupante es que esa lógica no pertenece únicamente a los políticos: se ha convertido en el clima cultural de una época.

En redes sociales vemos a personas construyendo versiones impecables de sí mismas, mientras la conversación pública se vuelve cada vez más agresiva y superficial. Hay mucho ego y muy poca introspección. Mucha necesidad de ser vistos y muy poca capacidad de mirarse por dentro. Tal vez por eso soportamos tan mal la tristeza, tanto la ajena como la propia. Nos incomoda el amigo que tarda meses en recuperarse, la pareja que duda, el familiar que se rompe. Después de cierto plazo, el sufrimiento empieza a resultar incómodo.

Quizá por eso el cansancio contemporáneo tiene algo distinto. No procede sólo de la incertidumbre económica o del exceso de trabajo, sino de una presión más difusa y permanente: la necesidad de convertir la propia vida en algo visible, interesante y admirable. Byung-Chul Han sostiene que la sociedad actual ha reemplazado muchas formas de control externo por una autoexigencia constante. Ya no basta con vivir, ahora también parece necesario exhibirse, justificarse y optimizarse continuamente.

Sin embargo, las relaciones humanas de verdad exigen exactamente lo contrario: tiempo, contradicción y paciencia. Amar a alguien implica convivir también con sus zonas grises, con sus inseguridades y con aquello que no puede resolverse con una frase. La intimidad no nace del entusiasmo constante, sino de la capacidad de sostener juntos momentos imperfectos.

En medio de tantas crisis —bélicas, económicas, políticas o morales— quizá lo verdaderamente revolucionario sea recuperar cierta serenidad. No indiferencia, sino calma. Poder hacer planes a largo plazo aunque el mundo parezca incierto. Poder aburrirse sin culpa. Poder estar triste sin convertirlo en espectáculo. Poder callar sin desaparecer.

Tal vez la moderación no sea inhibición. Tal vez sea resistencia. En un tiempo que nos empuja constantemente hacia el exceso de ruido, de opinión, de deseo y de vanidad conservar cierta mesura puede convertirse en una forma de lucidez.

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