“Apartheid lingüístico”. José Castro López

“Un sentimiento grande de tristeza” -así define el DRAE la voz “pena”- es el que sienten muchas personas mirando a Cataluña en este principio de curso después de que el gobierno de aquella comunidad decretara que no se aplicará el 25% de la enseñanza en castellano en ninguna aula y, por tanto, no se cumplirá la sentencia del Tribunal Superior de Justicia de Cataluña, ratificada por el Supremo. Es la legitimización del
delito con otra ley.
Las primeras víctimas del decreto que burla esa sentencia son los alumnos a los que se les priva del derecho a la enseñanza del castellano. Su marginación llega a un grado tan demencial que quieren prohibir a los castellanohablantes que se comuniquen con sus compañeros durante el recreo en el idioma oficial del Estado y en muchos centros son señalados por utilizarlo, un ejemplo de apartheid lingüístico inconcebible en cualquier
país civilizado.
Como inconcebible es que el nacionalismo catalán odie y desprecie la segunda lengua más hablada del mundo, que hablan también millones de catalanes, en la que grandes autores escribieron las obras más hermosas de la literatura universal, lengua que los escolares catalanes de hoy necesitarán mañana en su vida familiar, social y laboral. Es preciso recordar que estas lenguas, el catalán y el castellano, son patrimonio común y nos enriquecen a todos. Marginar a una de ellas, además de empobrecernos, atenta
contra el derecho constitucional a estudiarla y utilizarla.
Por eso, no se entiende ese decreto sectario y totalitario del Govern que reproduce las formas del franquismo. Aquel régimen intentó imponer el castellano y erradicar el catalán -y el gallego- y nunca lo consiguió. Como la Generalitat nunca conseguirá acabar con el castellano, porque ninguna lengua se erradica, ni tampoco se impone, por la fuerza de un decreto.
Pero el fanatismo nacionalista es así. “Si quieres hundir un país, desgárralo desde la malversación del nacionalismo. Es una máquina de cultivar ignorancia. Y un espacio de manipulación con el propósito de hacer creer que defiende algo superior, cuando de superior no tiene nada. Se resume en un tráfico de intereses muy concretos: ideológicos,
religiosos, económicos… Y además es ofensivo. Pienso en Torra, en Puigdemont…”.
Así de claro habla el filósofo Emilio Lledó desde su altura intelectual de los 94 años. “En democracia las leyes se cumplen”, dijo hace poco el presidente del Gobierno. Pues esta insumisión de la Generalitat representa un incumplimiento de la ley y un desafío al Estado, que debería impedir el Gobierno. Pero en este caso no quiso parar semejante atrocidad y eso significa que es cómplice de la rebelión lingüística de Cataluña.