“Son, recuerdos. Cómo llegar en los años 50”. Arturo Maneiro

31 Maio 2022

Hubo un tiempo en que Porto do Son, era O Son, sin más, al que
algunos viajábamos en verano para vivir una temporada con los
familiares, que eran muchos y variados. Estos serán los recuerdos
de un visitante ocasional, de solo varias semanas, desde mediados
del siglo pasado. No pueden, por tanto, ser tan precisos como los
de quienes allí vivían habitualmente, pero tienen una perspectiva
muy personal.
Eran épocas en las que se necesitaba todo el día en autobuses y
transbordos para llegar desde A Coruña. Aquellos impresionantes
Castromil que salían de la Calle de Compostela esquina Juana de Vega. Un local lleno de vida, de viajeros, de paquetería, de trastos, de gatos -fue la primera vez que el chaval oyó la palabra “doente” refiriéndose a una gata que no paraba de maullar- y humo de Celtas y de picadura, y de escupideras en el suelo. Y olor a gasóleo por todas partes. Motores encendidos: a instalarse en el asiento previsto junto con el familiar acompañante. Ese era el entorno donde se iniciaba la aventura de ir al lejano Son.
Salida hacia Santiago. Dos horas de viaje como poco, con la prevista parada técnica en Ordes. Cafeterías, escaparates, pastelerías, un mundo. Bajar, respirar, estirar las piernas, quizás un café para los mayores que tenían dinero. Volver a embarcar y continuar hacia Santiago. Entrada por Basquiños con final en la plaza de Galicia. Estación de autobuses con la misma vida y características de A Coruña, pero con un edificio hermoso, imponente, por dentro y por fuera. El recuerdo de si había gatos o no es confuso, pero sí que el olor a gasóleo y a tabaco lo llenaba todo. La parada no era pequeña, suficiente para la gestión en las
taquillas y el cambio de autobús.
A partir de ese momento era el Celta quien nos llevaba a Noia.
Otras dos horas de viaje por una estrecha carretera, llena de curvas y zarandeos. Mucha emoción en la parada técnica y obligada de Urdilde, nombre sonoro, agradable y esperado. Allí bajaban viajeros del interior del coche y mercancías de la parte superior del autobús.
Al poco tiempo continuaba el serpenteo del Celta, escalando hasta San Xusto, entre xestas, para iniciar su descenso hacia Noia, a la plaza principal. Del paisaje, el chaval no recuerda casi nada que llamase la atención. Solo ganas desesperadas de llegar y orinar.
Otro Celta nos trasladaba hacia el Son. 15 kilómetros. El destino final era Ribeira, al doble de distancia. En los primeros años de viajes, la carretera era una pista sin asfaltar. El chaval veraneante recuerda botes y más botes, zarandeos y zarandeos, a lo largo del recorrido, provocando un gran alborozo. Piedras, ruido, y el persistente olor a combustible. Siempre cerca del mar o rodeados de vegetación. Muy pocas viviendas en la carretera.
Por fin, el destino. Parada en la propia carretera, sin ninguna instalación especial. Muy cerca de la casa de Manolo de Xan, por lo que el chaval supo después, y de ahí a las habitaciones familiares donde estuviese previsto el hospedaje, que no siempre era el mismo. Comenzaba una nueva vida.
Delante de la primera línea de casas ya era playa, arena de playa y olor a mar, a argazo. Todo en el Son era mar y playa y puerto antiguo. Embarcaciones varadas sobre la arena cuando bajaba la marea. Comienzo de una vida de emociones y aventuras veraniegas con la abuela y una muy numerosa familia distribuida por diversas zonas del pueblo. Siempre con el visto bueno de la Guardia civil, que ocupaba la casa principal de primera línea de playa. Pero eso queda para otros artículos.

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