“Por una democracia de mayor calidad”. Alberto Barciela

Tras el palio llegó el dispendio. España solo tuvo alma en la transición de Tarancón y en la paternidad de Alfonso Guerra, que escogió tal nombre para su hija. Desde Suresnes, y tras el 23F, se impuso la ideología naif del PSOE, un tanto ingenua para las credulidades, que se mantuvieron adscritas al dogma lo que dura una peseta, hasta 1992. En ese tramo, más o menos, empezó a aflorar el dispendio de los petos públicos, en plena fiesta de la EXPO y de Barcelona olímpica. En el tránsito aparecieron duques alabados por sus delgados cuñados, reyes aparentemente baratos y animosos, aristócratas reales y mancos, elefantes blancos, políticos nada ecónomos, zapateros, aznares y marianos, sánchez, con iluminaciones, levitaciones y asombros, ferraces y génovas, y muchos aciertos. Completaron la procesión autónomos jesuitas vascos y pujoles porcentuales. Entre todos balancearon una Constitución, avejentada y aún vigente. Eso, ¡voto a Dios!, es la tolerancia, al menos la que permitió a Fraga presentar a dos Carrillo, uno sin peluca, en el Club Siglo XXI. Las tribunas sustituyeron a las intolerancias, el destape a la censura, el consenso a los exilios, las autonomías a la Una, Grande y Libre, y, muy al final, la paz a los atentados. “Lo que pasó, pasó”, que diría don Manuel Iglesias Corral, también fuera de Galicia. Una luz sustituyó a la bombillita del Pardo, fundida a negro por Arias Navarro.

De una u otra forma, la democracia, con sus injustos y sus ángeles, nos salvó. Pero ahora, en plena descreencia populista, puede que nos condene. Los pecados de algunos son mortales de necesidad, inconfesables. El expurgatorio de nada sirve más que para un rato. Hay que replantearse asuntos esenciales, restaurar, sin rencor y con talante, desportillados y estragos. Ahora toca, responder con acuerdos de los demócratas a los nacionalismos exacerbados, a los extremismos en cuarto creciente y a los populismos caraqueños o moscovitas de pacotilla. Lo exigen también otras quiebras del sistema: el irrespeto institucional, el desgaste convertido en amenaza a la separación de poderes, el panorama internacional, la economía – el riesgo de las pensiones, la dependencia energética, etc.-, la intromisión de mafias y estados en el ejercicio libre ante las urnas, el mundo digital, el cambio climático, etc. Todo eso requiere agallas.

En democracia, el sentido de acierto de los muchos es difícil de refutar. Casi tanto como la idiocia o la imbecilidad colectiva, seguidista, sin más criterio que los que se atribuyen y contentan con un único derecho: el voto. Hay que ir más allá.

La consideración es que la equivocación colectiva actual, más que posible, es evidente. La razón de las mayorías es solo el reconocimiento a la libertad ciudadana para elegir a sus representantes, pero no asegura durante al menos cuatro años la calidad del ejercicio político, ni la transparencia. Lejos de resolver el debate reflexivo sobre la conducción del sistema, lo eleva de categoría hasta convertirlo en un enigma de eficacia, en un mito, en un dios objetable, con templos y adoradores mínimos en Moncloa o en Galapagar o en Ferrol. Y todo sin posibilidad de corregirlo para los ciudadanos. El sacrificio del pueblo no compensa tantas inopias e inepcias sentadas sobre escaños inmunizantes y en coches oficiales por décadas, hasta que llegan las acomodaciones de las puertas giratorias.

Los votos son iguales. Pocos se atreven a plantear que no es así, pues la formación y la información -hoy denostada por el abuso de las redes- influyen en la naturaleza de cada sufragio. Nadie habla, ni debe hacerlo, del racismo del voto, de exclusión, de desigualdad, pero sí habría que exigir elementos correctores, representatividad territorial justa, etc. No existe aceptación de la crítica, ni equilibrios emanados del respeto a la poca opinión intelectual seria.

Todos lo sabemos los retos que se plantean son formidables, nada fáciles. De la discrepancia habrá de surgir una nueva luz, para todos, como el café.

La reiteración de las rutinas y los usos democráticos, las manipulaciones del mundo digital, las verdades construidas, nos sitúan ante colosales demandas en lo público y en lo privado. Un sistema más racional tiene que ser posible, como ha de serlo la construcción de consensos saludables, sin espías particulares, ni chantajes, ni gaitas. Y con aupando y reconociendo a quienes lo hagan medianamente bien. Cada uno de los políticos ha de ganar un sueldo justo y transparente, que los aleje de toda tentación gurteliana o eretica. Que esto también se demanda: honor al señor, no al truhan.

Cada día recibimos miles de impactos informativos, opiniones, cotilleos, rumores, especulaciones, propósitos, intenciones, conspiraciones reales y guionizadas, más propias de la industria creativa que de una vida común y corriente. Pocos ensalzan algo, siquiera en lo científico o en la empresa o, incluso, en lo político. Todo semeja girar en torno al orgullo, la envidia y la desconfianza, los males de la incultura o la reivindicación de género -a veces muy justa-. Algo haremos bien, ¿o no? En algo estaremos de acuerdo, ¿o tampoco?

Nuestra política, con todos corregibles defectos y virtudes, bien merece prolongarse en el respeto, la convivencia y el bienestar de los ciudadanos. El método consiste en apoyar a los mejores y en confiarles las reformas de un sistema útil pero imperfecto en el que, cuarenta y muchos años después, todo parece haberse tornado frágil.

A la democracia hay que responder con más democracia. Europa ha de ayudarnos en esta nueva transición. Hay que dejarse de adulaciones, trabajar y centrarse en lo esencial. Como ciudadano, eso creo.

* Este artículo forma parte del proyecto manifiesto Ibérico. Destino Europa