“Revivir la juventud”. José Antonio Constenla


En “Un instante eterno: filosofía de la longevidad” (Siruela, 2021), el filósofo
Pascal Bruckner se plantea la cuestión de que gracias a los avances de la
ciencia, el tiempo se ha convertido en aliado del ser humano, que a lo largo del
último siglo ha mejorado su esperanza de vida en 30 años (toda una existencia
del siglo XVII). Esto hace que nos planteemos ¿cómo queremos vivir este
tiempo?
En “El mundo de ayer” (1942), narra Stefan Zweig cómo a finales del siglo XIX,
en el Imperio austrohúngaro, gobernado por un rey de 70 años y sus ministros
decrépitos, la opinión pública no se fiaba de la juventud y les obligaba a
parecer mayores si querían situarse en la vida, lo que suponía el triunfo de la
gravedad que impone la edad.
Qué contraste con nuestro tiempo. Hasta los 30, parece que no tenemos edad
y sí toda la eternidad por delante. Los cumpleaños son formalidades divertidas
hasta que con los 50 empieza a hacerse más patente la brevedad de la vida.
La resistencia de muchos a adquirir el estatus de sénior hace que vuelvan su
mirada hacía la vida pasada. Nace así el culto a la juventud, síntoma de
sociedades envejecidas e ideología de los que buscan sólo las ventajas: la
irresponsabilidad de la infancia y la autonomía del adulto.
Los valores y modos de la juventud, convertidos así en los hegemónicos de la
sociedad, se extienden mucho más allá de donde solía hacerse (las fiestas
remember de los 80 duran ya el triple que los 80). Educados por la publicidad,
el coaching buenrrollero y las películas de Hollywood, sucumbimos al deseo de
vivir eternamente como Peterpanes que no envejecen y se niegan a parar el
ritmo.
En el pasado no había ocurrido que los progenitores quisiesen vivir la vida de
sus descendientes. Ningún “Mod” compartió Vespa con su padre, ni ningún
“Punk” se compró ropa con su madre. Esto provoca un desajuste generacional
tan cómico como sintomático donde los adultos tratan desesperadamente de
mostrar los signos externos de la juventud. Los abuelos usan escúter, los
padres juegan a la Play, las madres se visten (¡disfrazan!) como sus hijas y los
tíos cuarentones no saben qué hacer de su vida mientras siguen en casa de los
padres… En marzo de 2016, el diario británico The Telegraph bautizó esta
conducta como “midorexia”.
A los intentos de liberarse de la camisa de fuerza de la edad se suma también
el deseo de ser más atractivo. Esto se relaciona con la primacía que la
sociedad da a la imagen visual y a la tendencia creciente llamada “lookism” o
“aspectismolookismo”, que discrimina a las personas consideradas poco
atractivas, como si la autoestima sólo tuviese cabida en el marco de las
medidas 90-60-90.
La vida que se nos ofrece a partir de cierta edad ha de ser vivida como una
existencia plena e intensa, sin renuncias ni descuentos y de manera original
reinventarse sin necesidad de replicar tiempos pasados.