
Como en el Yom Kipur de 1973, Israel vuelve a ser atacado, esta vez por terroristas de Hamas que se han infiltrado tras su frontera, para asesinar y secuestrar civiles. Un ataque inédito que ha dejado en shock a la sociedad israelí, cuya preparación larga y minuciosa, el entrenamiento y los sofisticados medios empleados, permiten deducir que han contado con la ayuda de la extensa e influyente familia de los Hermanos Musulmanes.
En época de transformación del orden internacional, el motivo de fondo de lo sucedido no es teológico, ni siquiera nacionalista, sino geopolítico y admite varias claves interpretativas.
El primer objetivo de Hamás es geopolítico. Una operación impulsada por Irán que busca dejar en evidencia a Emiratos Árabes, Baréin, Sudán y Marruecos, países árabes que desde 2020 tienen relaciones con el Estado hebreo y evitar que otros hagan lo propio. No obstante, su objetivo prioritario, es hacer descarrilar el acercamiento auspiciado por EE.UU. entre Israel y Arabia Saudí, en un momento en el que ambos negocian un acuerdo que cambiaría la geopolítica de la región.
La segunda clave es política: Hamas quiere reivindicarse como líder de la resistencia palestina y extender su influencia desde Gaza a Cisjordania.
Territorio regido por la Autoridad Palestina, calificada por Hamas de caricatura de autogobierno, que se encuentra en declive, entre otras muchas razones, por la impotencia de sus líderes para impedir la expansión de colonias judías en el territorio.
El objetivo último de Hamás, es propagandístico. Su incursión busca demostrar que Israel no es invulnerable y puede ser humillado, y que no habrá paz mientras dure la ocupación. Asimismo, la muerte de civiles es parte de una estrategia de sacrificio, que busca visibilizar un conflicto del que ya no se ocupa la prensa internacional.
El actor más inquietante de cuantos han celebrado los ataques es Irán, enemigo de Israel, que quiere mantener su influencia en Oriente Medio, y espolea el choque para agitar el avispero. El otro interesado en que se agrave la situación es Rusia, que ha estrechado en los últimos meses relaciones con Hamás, instándoles a “debilitar a Occidente”. Esta estrategia conjunta ruso- iraní responde a su programa de acoso a las democracias occidentales mediante la desestabilización de sus frentes críticos.
El conflicto entre Israel y Palestina es complejo y arraigado por décadas de tensiones históricas y territoriales. La población civil de ambos lados ha sufrido mucho a lo largo de los años, y es probable que personas bien intencionadas, se sientan legítimamente preocupadas por los derechos de los palestinos y
expresen su angustia ante la respuesta israelí. Pero por coherencia, sólo cabe la condena inequívoca a los grupos terroristas que empujan a su pueblo a guerras suicidas. El terrorismo, el asesinato indiscriminado de civiles no “liberará” a los palestinos, tan sólo traerá más dolor.
La guerra la desencadenan los extremistas que pretenden con su violencia llenar el vacío que deja la esterilidad de la política y la diplomacia. Sin embargo, la única y auténtica victoria es la paz, resultado del diálogo y de los pactos, justo el camino que Israel y Palestina han ido abandonando en los últimos 30 años hasta llegar a la actual catástrofe sin horizonte.



