
En Japón el único profesional que no hace la reverencia ante el emperador es el profesor, pues según los japoneses, en tierra donde no hay profesores, no puede haber emperadores.
Muchos, alguno de los maestros de antaño, con las leyes de hoy en día estrían en la cárcel, no solo era humillación psíquica ante las chicas, pues te dejaban denigrado, y eso podía doler mas que las diez palmadas, o que te cogieran por las orejas hasta dejar de tocar el suelo.
Allí destacaba un profesor, que llamaba al encerado a los últimos de clase y paso a paso se iba desarrollando el problema, jamás levanto la mano a un alumno, era respetado y querido por todos, hasta hoy se le recuerda, le recordamos, en el más allá tendrá un espacio reservado, pues era buen maestro y gran ser humano, pletórico de dignidad, de la que impartía.
Otros en clase de idiomas, se burlaban del incipiente acento, en literatura confundir la fecha de nacimiento o título de una obra, era dejarte la palma de la mano impresa en la cara.
En este clima, eran pocos los que quisieran continuar el camino de las letras, el monte tenia su llamada, indios y vaqueros o ir a las guerras, o cazar ranas, y pájaros era más atractivo.
Muchos cayeron en las redes del trabajo, al tener la edad adecuada o trabajabas o estudiabas, no había tercera vía, trabajo o estudio.
Siempre hay un verso suelto, un salmón que nada contra corriente, y aquí donde se debiera odiar el estudio, salieron jóvenes amantes de los idiomas, de la literatura, del pensamiento libertario, defensores de “la letra con sangre no entra” combatientes de la justicia social, profesionales que trabajan para que el alumno les supere, así no permanecer en el ostracismo.
Aquella bofetada, hoy te recuerda.
“Veinticuatro bofetadas.
Veinticinco bofetadas;
después, mi madre, a la noche,
me pondrá en papel de plata.
Guardia civil caminera,
dadme unos sorbitos de agua.
Agua con peces y barcos.
Agua, agua, agua, agua.”
García Lorca.
En la Alameda compostelana, hoy puede dialogar con Lorca, allí bajando las escaleras, con Rosalía, con Valle Inclán, cerrar los ojos, dejar que el viento te acaricie, y soñar, soñar.
Gracias al destino no fuiste víctima, sino vencedor, las heridas cicatrizan.




