Hay escenas que dejan un sabor amargo. Esta es una de ellas.
El pasado sábado, cerca de doscientas personas procedentes de 23 centros penitenciarios españoles llegaron a Santiago después de recorrer el Camino. Junto a ellos caminaban funcionarios y voluntarios de Pastoral Penitenciaria. Habían compartido kilómetros, cansancio, conversaciones y silencios. Habían llegado hasta el Obradoiro para entrar juntos en la Catedral y vivir como tantos otros peregrinos la emoción de alcanzar su meta.
Pero al llegar se encontraron con unos gritos: “Fóra fascistas das nosas rúa”.
Los llamaron fascistas por llevar banderas españolas y por vestir unas camisetas en las que podía leerse “Dios te ama”.
Lo más grave y preocupante de esa escena no es el insulto en sí mismo, sino lo que revela. Algunos usan determinadas palabras como una especie de aduana moral. Si tu bandera no es la suya, si rezas al Dios en el que no creen o si no compartes sus consignas, dejas de ser digno de respeto.
Quienes gritaban eran algunas de las personas que estos días han decidido acampar en el Obradoiro para reivindicar el derecho a la vivienda. Una reivindicación legítima y perfectamente compatible con el debate público. Pero ninguna causa, por justa que sea, debería convertir el espacio público en una frontera ideológica que determine quién merece respeto y quién merece un insulto.
El espacio público y la libertad no pertenecen a una ideología.
Muchos de esos hombres y mujeres que llegaron a Santiago han conocido el rechazo. Algunos habrán pasado por la droga, por la marginalidad, por familias rotas, por decisiones equivocadas y por puertas que se cerraron una detrás de otra. No conozco sus historias, pero sé que estaban allí intentando reconstruir algo de sus vidas y recuperar parte del respeto que algunos consideran perdido.
Después de tantos rechazos, después de tantos muros, después de tantos errores, habían conseguido llegar a Santiago.
¿De verdad merecían ser recibidos con gritos? ¿De verdad alguien que intenta cambiar su vida necesita encontrarse, al llegar al Obradoiro, con otro rechazo? ¿Era necesario gritarles “fascistas”? Yo creo que no.
Una sociedad plural no se construye haciendo que todos pensemos igual. Se construye aceptando que el otro puede ser distinto. Que puede rezar cuando nosotros no rezamos. Que puede sentirse orgulloso de una bandera que nosotros no sentimos como propia. Que puede caminar hacia una Catedral mientras otros acampan frente a ella para defender su causa.
Viene bien recordar las palabras de León XIV al comentar la Gaudium et spes: “Quienes sienten u obran de modo distinto al nuestro en materia social, política e incluso religiosa, deben ser también objeto de nuestro respeto y amor”. No se puede defender una sociedad plural si solo aceptamos al que piensa como nosotros. La diversidad no debería ser una amenaza, sino una oportunidad para convivir y enriquecernos mutuamente.
El Obradoiro no pertenece a una ideología. Santiago tampoco.
Pertenecen también a quienes llegan cansados después de cientos de kilómetros. A quienes caminan por fe. A quienes caminan por tradición. A quienes caminan buscando respuestas. A quienes simplemente quieren llegar. Y también a quienes llevan una bandera española.
Una sociedad verdaderamente libre no es aquella en la que todos pensamos lo mismo. Es aquella en la que el otro puede ser diferente y, aun así, sigue siendo digno de respeto



