Estuvo en España Emmanuel Macron y, al hilo de su visita, es procedente recordar la
capacidad de Francia para marcar tendencias más allá de sus fronteras. La Ilustración
sentó las bases de la democracia moderna, la Revolución Francesa precipitó el final del
absolutismo y el Código Napoleónico influyó en códigos civiles de numerosos países.
De Francia llegaron también la alta costura, la gastronomía y muchas vanguardias
culturales. Hasta en nuestra infancia se nos decía que los niños venían de París. Pues
bien, de París llega ahora otra moda.
El primer ministro, Sébastien Lecornu, ha ordenado establecer controles antidroga
periódicos entre los miembros del Gobierno, incluido el mismo, altos funcionarios y
otros cargos designados por el Estado. El Gobierno francés justifica la iniciativa en la
necesaria ejemplaridad de quienes ocupan responsabilidades públicas y en evitar que el
consumo de estupefacientes puede ser aprovechado por redes criminales.
La decisión tiene una lógica evidente vista desde la perspectiva de la responsabilidad
pública. Quien maneja información sensible, administra recursos públicos o toma
decisiones que afectan a millones de ciudadanos debe estar en condiciones de ejercer
sus funciones con todas las garantías. Pero la iniciativa francesa plantea una pregunta
inevitable: si a los gobernantes se les puede someter a un test para comprobar qué
sustancias consumen, ¿no sería razonable algún procedimiento para conocer qué saben y
qué competencias poseen para ejercer el cargo?
Un análisis toxicológico puede revelar la presencia de cocaína, cannabis u otras
sustancias, pero nada dice sobre sus conocimientos de la Constitución, la economía, la
historia, el derecho, las relaciones internacionales o las consecuencias de las decisiones
que se adoptan. Tampoco mide la capacidad de diálogo, la prudencia o la
responsabilidad, cualidades necesarias para gobernar.
No se trata de exigir a los candidatos un título o un certificado de conocimientos. La
democracia tiene sus propios mecanismos de selección. Pero viendo el nulo “control de
calidad” de los partidos políticos a sus candidatos, sería bueno contar con mecanismos
eficaces para conocer sus capacidades. Igual que para ejercer numerosas profesiones se
exige una preparación acreditada, no parece normal que para dirigir un país baste, en
último término, concurrir a las elecciones en listas cerradas por los partidos.
Francia ha abierto un debate con sus controles antidroga. Si la moda llega a España,
habría que incorporar, además del test de drogas y alcohol, una evaluación de
conocimientos y competencias para comprobar si nuestros representantes saben dónde
están y hacia dónde pretenden llevar al país.
Porque el problema de un gobernante no es solo lo que pueda tener en la sangre. Es tan
importante saber lo que tiene en su cabeza
“La ceguera mental de un regidor”. José Fernández Lago
Los que en estos momentos ya somos mayorcitos, hemos recibido en diversos ámbitos, cuando éramos jóvenes, la misma afirmación: que, en todas las instancias superiores a los individuos, hay que transmitir enseñanzas que sirvan para respetar a los demás y abrirles...



