“A la luz de los años”. Alberto Barciela

07 Xullo 2026

Llegar a los sesenta y cuatro años es alcanzar un mirador sereno desde el cual se contempla el paisaje vivido sin el vértigo de las primeras cumbres. Me presento a esta nueva vuelta al sol con la misma curiosidad que me ha guiado siempre, aprudentado pero jamás claudicante, entendiendo que el calendario no es más que un inventario de asombros y que cada jornada sigue despuntando con sus afanes intactos. Me modero, o al menos lo intento, ante una realidad confusa, consumista, globalizada, y procuro que mis pretensiones sean abarcables, comprensibles, próximas, asumibles. El tiempo, ese escultor incansable, nos va cincelando el alma con la precisión de un artesano, despojándonos de lo superfluo para dejarnos en la esencia.

Atesoro en mi léxico vital palabras hermosas, rescatadas de los diccionarios y etimologías que tanto frecuento y que me sirven de brújula intelectual. Me gusta el término “madurez”, que proviene del latín maturitas, evocando aquel estado de plenitud y sazón que alcanzan los frutos antes de entregarse, el punto óptimo de la existencia. Consultando el Tesoro de la lengua castellana o española de Sebastián de Covarrubias, obra inagotable de curiosidades que tantas veces me acompaña en mis vigilias, leo que la edad es, sencillamente, “la medida del tiempo de la vida”. Qué definición tan precisa. A mis sesenta y cuatro, esa medida no se contabiliza en el desgaste de las hojas del almanaque, sino en la normalidad trabajada de la que hago gala. Sigo durmiendo lo justo, cada vez menos, y leyendo con la voracidad de un adolescente, pues la ignorancia es el único mal que verdaderamente me aterra.

Me reconforta observar la historia de la literatura y comprobar que los sesenta y cuatro años han sido, para muchos grandes espíritus, un puerto de partida y no un dique seco. A esta misma edad, el inmenso autor Charles Perrault publicó sus inmortales cuentos, demostrando que la fantasía y la ilusión no caducan con las canas. También a los sesenta y cuatro, el británico Daniel Defoe entregó al mundo las formidables aventuras de Moll Flanders, dejando claro que la rebeldía del intelecto y la agudeza narrativa se mantienen intactas e incluso se afilan con la experiencia. Yo no aspiro a tales glorias universales, pero sí a seguir tejiendo mis artículos, a seguir dejando mi humilde constancia del mundo, siempre del lado de los débiles, piensen como piensen.

La memoria me lleva, irremediablemente, a mis raíces. A aquel 9 de julio en que vine al mundo, bajo el signo de Cáncer y con vocación invariable de soñador. Retorno con el pensamiento a la Redondela de mi infancia, la gloriosa Villa de los Viaductos. A la playa de Arealonga en Chapela. Allí, en una jornada en la que el bullicio tomaba las calles, mientras mi padre, Pucho Barciela, asistía a la función del primer circo que llegaba al lugar, le avisaron de urgencia del parto de mi madre, María Alicia. Ella, que me dejaría apenas seis años después con la brevedad trágica de sus 29 años, y él, que se fue con el río de los años, siguen siendo las estrellas polares que orientan mis pasos. Su recuerdo es la raíz más profunda que me amarra a la vida.

Cumplir momentos, que no años, exige sobre todo gratitud. Gracias a todos ustedes por la paciencia inagotable, la tolerancia y el afecto sincero. “El arte de envejecer es el arte de conservar alguna esperanza”, lo escribió André Maurois, ensayista y novelista francés. Es gracias a ustedes que mi esperanza se renueva. Gracias por esas conversaciones enciclopédicas y seductoras que son el verdadero banquete de la existencia, por las sobremesas surtidas de buen licor, de humor inteligente y de discrepancia respetuosa. “La amistad duplica las alegrías y divide las angustias a la mitad”, lo dijo Sir Francis Bacon, hace casi quinientos años. Es en el espejo de los otros donde uno encuentra su verdadera dimensión; ustedes me justifican, me disculpan los errores y me hacen mejor persona.

Deseo seguir usufructuando los segundos, alertado por la belleza de una piedra que florece en una catedral o por el simple misterio de las mareas. Mantengo a raya los achaques, esas pequeñas reumas crónicas, con la estoica medicina de la costumbre. Rezo con devoción íntima, alejado de dogmatismos, y pido para todos nosotros muchos más días de salud y simpatía. Que el pan nuestro de cada día siga siendo fresco, historiado, lleno de anécdotas, de correcciones y de libertad.

Sigo aprendiendo y aprehendiendo, aferrado a mi oficio de escribir y a mi carácter. Estoy aquí, derrotando los minutos, con la firme intención de seguir rugiendo con la dignidad de los leones de escudo, sin caer jamás en el triste y apocado papel de los de circo. Mi misión aún no está cumplida del todo. Después de tantas cosas vividas, les doy las gracias infinitas por seguir acompañándome. Salud para todos. Salud.

Alberto Barciela

Periodista

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