El 23 de abril, día del Libro, cada uno de la familia compraba uno en casa; había descuento del diez por ciento…
-Mamá, cómprame un cuento…. el Pulgarcito, el DDT, el TBO costaban una peseta veinticinco. Eso era en el siglo XX. El año 2025 se han editado en España noventa mil, incluidas reediciones y traducciones, clásicos y novedades. Con que usted y yo leamos tres o cuatro de ellos todo eso gana el país, si acertamos en la elección. Y si no acertamos, tiramos el libro al río. Leer libros da prestigio, aunque el libro sea una birria. Mi cantinero se postula lector, –¿qué lees?, le pregunto. -novelas románticas…, best sellers. La ficción es el género más editado y la novela negra el subgénero que más, seguidos de la novela histórica y romántica, que es la que frecuenta mi cantinero.
Se vende más libros en grandes almacenes y cadenas, y solo después en las librerías en sentido estricto. Aumentaron editoriales (hay trescientas en España), aumentaron los soportes: además del papel los hay en audio -leídos por voces muy bien timbradas-, los hay en pantalla. ¿Qué escucha el viandante por la calle con los cascos puestos? Es cada vez mayor la oferta de conferencias y podcasts más allá de la música. Es variada y gratificante la oferta en you tube. Leer un libro requiere atención y silencio y suele ser más enriquecedor que mirar la tele o toquetear redes.
Pero temo el papanatismo de sacralizar El Libro. Para conjurar el fetichismo del libro por el libro, de cualquier libro, comparto el antídoto de Daniel Pennac (Como una novela, Anagrama,1993). Propugna algunos ‘derechos imprescriptibles del lector’, entre los cuales incluye ‘el derecho a saltarse páginas, …a no terminar el libro, …a leer cualquier cosa, el derecho a no leer…’ y yo añado el derecho a ‘tirar al río ese libro malo’.
Si le duele llegar a ese extremo, le sugiero, si no el libro no es tan malo, que lo deje en la mesa de trueque que hay en la Biblioteca Pública. Y añado algo: compre libros de segunda mano.





