La mayor parte de los españoles que hoy seguimos con vida hemos crecido a la luz del cariño de una familia, en sintonía con las enseñanzas de la escuela y de las vivencias del grupo parroquial. En aquella situación nos enseñaron a escuchar con respeto lo que nuestros padres nos indicaran o lo que los maestros o los párrocos consideraran procedente. La vida, siguiendo los cauces marcados por el poeta Jorge Manrique, constaba de una senda que debíamos seguir con tino, para alcanzar al final de ella una “morada sin pesar” que el Señor nos daría al final de esta vida, si habíamos sido fieles a sus mandatos y preceptos.
Sucede hoy que, en los planteamientos de algunos partidos políticos, solo existe la vida terrena, de suerte que ese Dios en quien los cristianos creemos y que confiamos en que nos hará resucitar para vivir en un ámbito de felicidad y de paz, no existe, y por ello hemos de prescindir de cualquier tipo de idea o de vivencia relacionada con Él.
En consonancia con esto último, y haciendo suyas, por otra parte, las formulaciones que los padres hayan realizado en ciertos momentos de su vida, algunos hijos consideran que no pueden intervenir en nada que pudiera ayudar a sus progenitores una vez fallecidos, aunque ellos sigan viviendo en esta tierra muchos años más.
A tono con ese modo de pensar, no invocan al Dios en quien creen los cristianos, aunque sí que son complacientes con los miembros de algunos partidos que se hacen presentes para mostrarles su condolencia. Ellos distribuyen sus signos o banderas para que acompañen al difunto en el tanatorio, y ocupen el lugar de la presidencia, en lugar de la cruz que solemos colocar allí los creyentes.
Sucede a menudo que, según el modo de pensar de los miembros de algunos partidos políticos, procede cambiar lo que antes se denominaba “capilla ardiente” por una sala del tanatorio donde el difunto espera la hora de su entierro o bien de la incineración. Allí tampoco hay lugar para ciertos ritos u oraciones conducentes a preparar al moribundo para el más allá; y con mayor razón, tampoco para que, una vez muerto, se haga sitio a la plegaria dirigida al Señor, para que le conceda una vida feliz y en paz junto a Él, a la Virgen María, a los santos, y a otros de los antepasados.
En un ámbito semejante, no es extraño que, al requerir los creyentes las ayudas apropiadas para abrir camino en el más allá a quien se ha muerto, los familiares más allegados al difunto manifiesten que no procede hacer ninguna oración pública, pues “hay que respetar” la voluntad del finado o la finada. Yo me cuestiono: Si antes de morir esa persona quisiera ir a pescar, rechazando la información de la Oficina de Meteorología, de que era muy peligroso el hacerlo, debido a las ondas de hasta diez metros que formaban las aguas, ¿respetarían sus deudos la voluntad del interesado, o intentarían retraerle de que lo hiciera? Y, si a una persona le da un infarto, y, a pesar de ello se empeña en no ir al hospital, ¿se le respeta más accediendo a lo que de modo espontáneo ella rechaza, o más bien llevándola al Centro médico?
Cuando la vida terrena de uno se termina, la sociedad tiene que intentar ofrecerle al difunto lo que pueda servirle para el más allá. Los partidos que se desenvuelven al margen de Dios, tristemente no pueden ofrecer nada que ayude al difunto. Quienes sí, pueden lograr algo que sea útil al deudo, son los miembros del pueblo creyente. Estos se mueven, confiados en primer lugar en la divina misericordia, pues Dios está siempre dispuesto al perdón de nuestras culpas y a ofrecernos la paz que Cristo nos consiguió con su muerte. Por otra parte, los creyentes presentan ante el Señor oraciones y sacrificios, rogándole que, por los méritos de Cristo, le abra al que ya se ha muerto las puertas de la vida.




