Después del mensaje real aparecieron dos clases de exégetas. Los que aplauden sus
palabras sin darse por aludidos y los críticos que nunca defraudan y reproducen la
valoración negativa de años anteriores, que repetirán la siguiente Nochebuena.
Lo cierto es que el Rey interpeló a los responsables públicos y también a la sociedad
con “verdades como puños”, dicho en lenguaje coloquial. Y lo hizo recordando un valor
que presidió nuestra historia democrática: la convivencia como cimiento sobre el que
se levanta todo proyecto compartido. Fue el gran legado de la Transición y sigue siendo
condición imprescindible para afrontar un futuro en común.
En democracia, señaló, ninguna idea puede convertirse en dogma, ni ninguna
discrepancia en amenaza, avanzar exige respeto, renuncias y acuerdos, un gran antídoto
a la crispación y descalificaciones. Los extremismos, los radicalismos y los populismos
crecen allí donde se debilita la confianza, aumentan las desigualdades y se instala el
desencanto. España prosperó cuando supo compartir objetivos y cuando sus gobernantes
eligieron el diálogo para superar desafíos internos y externos.
Un pasaje muy directo del discurso fue la exigencia de “especial ejemplaridad” a los
poderes públicos, lo dijo con elegancia, sin citar la palabra corrupción. Quienes ostentan
cargos de responsabilidad deben ser los primeros en respetar las normas, actuar con
integridad y anteponer el interés general.
Bajando aún más a la realidad, señaló cuatro retos que condicionan la vida de millones
de ciudadanos. El primero es el aumento del coste de la vida que golpea con especial
dureza a los más vulnerables y requiere políticas que protejan a las familias y a los
trabajadores con medidas reales, sin falsas promesas ni soluciones simples a problemas
complejos. El segundo reto es el acceso a la vivienda, problema estructural que afecta
sobre todo a los jóvenes y necesita un pacto de Estado con decisiones eficientes para
que emanciparse deje de ser un privilegio.
El tercero son los avances tecnológicos que generan oportunidades, pero también
incertidumbre laboral y necesita inversión en formación y reciclaje para una transición
profesional que no deje a nadie atrás. Y el cuarto es el impacto del cambio climático,
más frecuente y trágico (como los incendios), que exige una política seria, basada en la
ciencia y en la prevención, que proteja a las personas y al territorio.
El Rey dejó un programa de gobierno con tareas pendientes. Sería un buen regalo para
los ciudadanos que los dirigentes políticos asumieran esta “carta real” a los Magos y
trabajaran para que la política se parezca a la vida misma: gritar menos, escuchar y
hacer más y construir la convivencia entre todos cada día. Pero no nos hagamos
ilusiones, los discursos ya vuelven a endurecerse y el mansaje real cae en el olvido.
Como siempre.
“Cento setenta e sete formas de nomear a chuvia”. Alberto Barciela
Como corrixir a chuvia, como inquietala. Esta reflexión sitúanos ante a paradoxa dun elemento que, sendo indómito, se volve íntimo a través da palabra. A experiencia, cando é persistente e profunda, fai pródiga á mente humana, obrigándoa a buscar na linguaxe a...




