El control de Donald Trump de Venezuela y el probable atropello de Groenlandia, la
masacre de Putin en Ucrania, la amenaza permanente de Xi Jinping -los tres quieren
repartirse el mundo-, o el hastío de los iraníes con su régimen, por citar solo unos
ejemplos, son síntomas de que se está desmoronando el mundo tal como lo conocíamos.
Zygmunt Bauman describió la modernidad líquida como un tiempo en el que las
estructuras sólidas -instituciones, normas, identidades- pierden consistencia y se
disuelven en una permanente incertidumbre. Aunque su análisis se centró en lo social,
hoy resulta aplicable al nuevo orden internacional en el que predomina la “fuerza y el
poder”.
Volviendo al autoritario presidente Trump, su pretensión sobre Groenlandia a costa de
un choque frontal con Europa simbolizan hasta qué punto hemos entrado en una fase en
la que la arbitrariedad del poder desafía los consensos históricos. Si esa apropiación
llega a consumarse, no será solo una disputa territorial, marcaría el final del orden
liberal occidental surgido tras la Segunda Guerra Mundial. Un aliado actuando contra
otro por puro cálculo de poder confirmaría la lógica baumaniana de la “liquidez”en la
que nada es seguro ni permanente.
Para la Unión Europea un conflicto abierto con Estados Unidos puede derivar en la
disolución de la OTAN, lo que supondría el mayor seísmo geopolítico. Durante décadas
Europa construyó su prosperidad “externalizando” su seguridad bajo el paraguas militar
estadounidense, lo que permitió invertir en bienestar, integración y derechos. Sin ese
paraguas, el modelo europeo se evapora y deja al descubierto una alarmante fragilidad
estratégica.
La UE se enfrentaría entonces a una triple vulnerabilidad: militar, por la ausencia de una
defensa común operativa; política, por las divergencias entre Estados miembros; y
económica, porque la ruptura del vínculo transatlántico aceleraría la fragmentación del
comercio global.
¿Y España? Podría capitalizar su posición geoestratégica como puente entre Europa, el
Mediterráneo, África y el Atlántico, pero corre el riesgo de perder relevancia. La
apuesta del presidente por erigirse en némesis política de Trump, nada eficaz en
términos diplomáticos, tensiona la relación con EE.UU. y no se traduce en mayor
liderazgo europeo. Es paradójico que, mientras el discurso oficial busca elevar el perfil
internacional de España, los hechos apuntan a un progresivo declive de su peso real. La
exclusión de las reuniones preparatorias del G-20 es un síntoma elocuente de esa
marginalización.
En este escenario de incertidumbre, la alternativa es más Europa o irrelevancia. Sin
soberanía real en defensa, energía y tecnología, el proyecto europeo se diluye y España
pierde voz en un mundo cada vez más competitivo. La historia no espera, y quien no se
posiciona, pierde sus oportunidades
A USC elixe este xoves a súa primeira reitora na historia nunha xornada de votación electrónica
A comunidade universitaria da Universidade de Santiago de Compostela votará este xoves 12 de febreiro, entre as 9.00 e as 18.00 horas por vía electrónica, á primeira reitora da súa historia. As catro candidatas son as profesoras Rosa Crujeiras (natural de Artes en...




