No es un tópico decir que a veces la realidad supera la ficción. Es lo que
sucede en el canal temático del PSOE, donde la inestabilidad se ha convertido
en seña de identidad, con tres presidentes en tres años. Su mayor crisis se ha
resuelto con el nombramiento de la de socialista, Concepción Cascajosa
presidenta interina seis meses.
La evidencia de que vivimos malos tiempos en la democracia española es el
hecho de que el Gobierno que padecemos se dedica más al control material de
las cosas, que al intangible espíritu democrático que debe acompañar a toda
sociedad avanzada. Están más en mantener el control de la televisión, que en
aportarles a los españoles una herramienta cultural y de comunicación que les
ayude a estar bien informados.
En los momentos duros de la pandemia, TVE evitó darnos una visión real de lo
que sucedía, y mientras los cadáveres se amontonaban en polideportivos, se
dedicó a emitir imágenes de aplausos y videos emotivos. Como consecuencia,
años de esfuerzo y trabajo para ganar credibilidad, tirados por la borda.
La televisión pública fue durante años la principal fuente de información del
país, pero tras perder el 90% de su audiencia, se sitúa muy por detrás de la
competencia. Está claro que bien por su pérdida de credibilidad, o porque la
calidad de su información deja mucho que desear, los espectadores le han
dado la espalda.
La utilidad de una televisión pública es proporcional a la confianza que genera
en los ciudadanos. PBS, la red de televisión pública de EE.UU. se justifica por
ser la fuente de información de la que más se fían los americanos.
La BBC nació en 1922 como un consorcio privado, pero pasó a ser público en
1926, tras la recomendación del Parlamento que argumentó que “emitir
conlleva un poder propagandístico tan grande que no puede confiarse a
ninguna persona u organismo que no sea una corporación pública”.
Para muchos, con Internet, que ha democratizado la información y extendido la
programación a la carta, la televisión pública no está justificada. Pero a
diferencia de esos espacios, esta debería caracterizarse por el ejercicio de la
función pública de compromiso con la verdad, la cultura y la defensa
constitucional.
Desafortunadamente, TVE no es ni la sombra de lo que fue. Deforme, sin
credibilidad, ni audiencia, ni oferta atractiva de contenidos. Con una legión de
colaboradores del régimen sanchista y una plantilla sobredimensionada y poco
motivada. Convertida en un gran negocio para productoras como Prisa, que se
reparten centenares de millones al año y sin cumplir ningún servicio público,
salvo que se entienda que lo es, ser el botafumeiro de Sánchez y sus redes
clientelares.
Más allá de la calidad y pluralidad de contenidos, y del modelo de gobernanza
corporativa, la crisis de RTVE es un ejemplo de cómo los intereses políticos
colonizan instituciones que por su condición deberían ser neutrales. Esta
corporación tendría que ser un faro, y no un instrumento de adoctrinamiento.
Los estándares de buen gobierno son deseables en cualquier empresa de
medios, pero en este caso resultan absolutamente imprescindibles y exigibles.
Una radio y televisión pública sólo serán legítimas si protegen su autonomía y
se mantienen a salvo de injerencias políticas.
“Eu tamén quixen bailar coma Javi” – Fernando Sarasketa
Foto de Javi Bermúdez na Sala Real Acababa de chover e Javi empuxoume con firmesa coas dúas mans para poñerme debaixo dunha pingueira. Unha pinga conxelada caeu serteira no meu lombo pasando áxil a rentes da caluga e da camiseta, sen tocalas. “Agora xa sabes o que se...



