“Sociedad narcisista. Ni gratitud, ni deberes, ni culpa”. José Antonio Constenla

04 Xullo 2023

Fue el bello y vanidoso Narciso, personaje de la mitología griega, incapaz de
amar a otras personas que murió por enamorarse de su propia imagen, quien
inspiró el término narcisista, que parece expandirse como una plaga en la
sociedad contemporánea, tanto a nivel individual como colectivo. Basta con
observar el consumismo rampante que fomenta la exaltación del yo con la
intención de fomentar un consumo desaforado (como herramienta para halagar
el ego).
La sociedad actual ha creado individuos, ególatras y narcisistas, que tienen en
la inmadurez uno de sus rasgos. Nuestros tiempos se ven dominados por
formas de infantilismo generalizado, asociadas a una cultura de consumo que
nos invita a “saciar” nuestros apetitos más inmediatos, dejando de lado las
necesidades a largo plazo, que son las que verdaderamente sirven para vivir
mejor. Sin embargo, para los narcisistas, el goce o el placer debe ser
inmediato, no se puede esperar ni un segundo para obtener la satisfacción del
deseo, porque lo rápido es sinónimo de calidad.
Los narcisistas pretenden que todo gire en torno a sí mismos, reclamando de
los demás aplausos, elogios, admiración y reconocimiento de su valía. Aquí
cobra vida otro fenómeno relacionado con esto, el complejo de superioridad,
que es un sentimiento o vivencia afectiva interior que hace que el sujeto en
cuestión se vea muy por encima de quienes le rodean. La seguridad en sí
mismo es superlativa y la arrogancia le conduce a cierto liderazgo, pues se
trata de gente que nunca quiere estar en segundo plano.
Aunque se rodean de palmeros para defenderse de las críticas, a estos sujetos,
les gusta formalmente rechazarlos. Así, el presidente Pedro Sánchez, afirma
muy ufano, “estoy harto de palmeros”. Esto plantea un peliagudo problema.
¿Estará harto de sí mismo? Porque su principalísimo palmero es él mismo. Tal
vez sea verdad que no necesite de ellos, porque un narcisista con cualidades
ciertas como él, suele tener la piel tan dura y resbalosa y las críticas no le
hacen mella, porque sencillamente le resbalan.
Para que la Sociedad funcione se requiere colaboración, esfuerzo, deberes de
los ciudadanos con el grupo y sentimiento de culpa ante los errores. Pero
hablar hoy en día de esto es casi tabú, porque a los ciudadanos se les hace
creer que sus derechos individuales son como el chicle: se puede hinchar y
estirar sin cesar. Y si molesta a alguien, allá él. Estoy en mi derecho. Y si el
globo estalla en la cara del otro, como mucho una disculpa y que se aguante.
Obviamente, está bien que se valoren y respeten los derechos individuales,
pero cuando estos se ejercen sin límites se entra en el terreno del narcisismo.
La obsesión por nosotros mismos, nuestra imagen, nuestros logros, nuestro
“crecimiento personal”, nos nubla el juicio y nos convierte en lo que los griegos
clásicos definieron como un idiota: aquel que es incapaz de ocuparse de los
asuntos comunes, con la tragedia, individual y colectiva que eso supone. ¿Por
tanto, estamos condenados a ser idiotas? Byung-Chul Han sostiene que solo romperemos este círculo vicioso, volviendo al amor, no al amor como terapia, o
como forma de crecimiento personal, sino al amor que es capaz de ver al otro.

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