“No hay libro bueno sin errata, dicen…” Xavier Alcalá

Estimado lector:
Como cada dos semanas, un saludo, con el deseo de que durante este tiempo hayas leído algo que te conmoviera y te inspirase. Yo leí un libro sobre apellidos gallegos, portugueses y brasileños que me vino a afirmar sobre lo que ya sabía: que toda la Tierra es de los hombres; que de Europa fueron saliendo millones de personas a colonizar territorios de las Américas, llevando con ellas sus nombres y sus costumbres. Y, también, sus enfermedades, contra las que nada pudieron los indígenas.

Vuelvo a agradecer las respuestas a mis cartas, y de esta vez extraigo dos trechos que darían para un foro aparte sobre cómo tratamos a la Pachamama, como se llama en lengua quechua:

«Más allá de cuestiones políticas como forma de entender esa propiedad de derechos y deberes que cada persona tiene por el lugar donde nace, pace o renace… Más allá de la cuestión cultural del entorno donde las personas se desarrollan, aprenden y transmiten un legado entre los suyos… Más allá del carácter y de las experiencias de vida de cada persona… Más allá, a mi modo de ver, está la tierra que no es «de los hombres» sino una herencia que conviene cuidar y conservar para transmitirla siempre mejor de lo que la recibimos de nuestros ancestros, y más allá está la tierra que sí es «de los hombres» (es nuestra mientras la transitamos) y como responsabilidad sobre esa pertenencia, debemos hacer un uso y disfrute acomodado de ella.  Como hacemos con la casa, las tierras, las tradiciones que heredamos…»

«Yo creo que Rosalía tuvo razón. Las tierras son de los hombres pero también los hombres somos solo una parte de la naturaleza. Lamentablemente olvidamos eso y hacemos cosas que la destruyen. ¿Por qué lo hacemos? Por ambición, poder y la ilusión de sobrepasar sus propias leyes. La tierra es de los hombres para disfrute y avance de la humanidad toda. Esto incluye a los otros seres vivientes, y también las florestas, los ríos y los mares. Cada uno de nosotros debe coger solo una parte de lo que ella nos ofrece generosamente para vivir y amar.»

Así debería ser pero, cuando leas A mala sangre, ya verás como ese no era el espíritu que guiaba a los pobladores de los desiertos patagónicos, y menos durante el periodo de la Historia del mundo en que los personajes de la novela hacían vida por allí. Extraer petróleo a toda costa, arrancar de la tierra minerales estratégicos sólidos están en las páginas de esa novela.

Como en ella también están las matanzas masivas de pinnípedos, torpes en tierra. De toda su masa enorme solo se usaban la piel y la grasa. Espero que te impresionen las escenas de lo que les ocurre al protagonista y sus amigotes en el boliche de la Lobería, donde iban a jugar al póker (y algo más) oyendo los berridos de los lobos marinos…

Ya queda poco para que A mala sangre inicie su andadura pública. Tenemos el texto sometido a escrutinio cuidadoso, y debo confesar que –como siempre nos ocurre a los autores– me cuesta aguantar las ganas de retocarlo. Pero, como dicen los brasileños, «se tocar, estraga». La suerte es que, publicando las obras en una plataforma como Amazon, siempre existe la posibilidad de introducir correcciones y mejoras pues se está ofreciendo una edición abierta.

De hecho, vamos a introducir alguna pequeña corrección en el texto de El calor de la ceniza por indicación de los lectores. Como acostumbraban a decir los editores en tiempos de composición con fuentes de plomo, «No hay libro bueno sin errata». Pero hoy la telemática nos permite tender a la perfección.

Espero que, si ya leíste El calor da la ceniza y viste algo mejorable, me lo indiques; como espero que lo hagas con el texto de A mala sangre, novela negra, heterodoxa porque no parte de una invención sino de documentos que demuestran como hubo un asesinato nunca aclarado, un caso cerrado porque, de seguir investigando sobre él, se llegaría a saber algo que tocaba en el sistema, en el establishment, en el Estado.

Lo dicho: que tengas felices lecturas. Y, si tienes ganas, cuéntame qué novela de intriga releerías en horas calmas de verano boreal (o de invierno austral).