“Llorad por las mujeres”. Xosé A. Perozo

Afganistán es un territorio doblemente desgraciado. En él se conjugan el peso de la historia y la pobreza de su tierra. Pertenece a esos enclaves humanos, como la Franja de Gaza, sobre los que los avatares de la humanidad se empeñan en castigarlos sin piedad y, desde la distancia, cuesta entender la resignación de sus sucesivos pobladores, eternamente golpeados por las guerras y las tiranías. Cruce de caminos y civilizaciones, con una superficie similar a la Península Ibérica y también en población, las razones geopolíticas justificaron los intereses internacionales del pasado, pero difícilmente las de hoy.
Si algún lugar del mundo puede denominarse crisol de culturas, lenguas, razas y creencias, ese es el territorio montañoso y encerrado entre fronteras con otros países, sin nostalgias de mar, hoy llamado Afganistán. La sola idea de ver a la diversidad de su ciudadanía gobernada por las inhumanas ideas de la uniformidad religiosa, la intolerancia y el integrismo talibán debiera producir pánico entre las conciencias cultas y civilizadas de las que presumimos en el elegante primer mundo. Después de veinte años de nuestra presencia allí -¿mejor invasión?- ahora nos retiramos como el gato escaldado sin importarnos el desastre humano que dejamos atrás. ¿No les recuerda al final de la guerra de Vietnam?
Esta situación es otra evidencia de la decadencia del imperio de los EE.UU. Está siendo lenta y larga, empezó con el final de la Guerra Fría, la caída de la Unión Soviética y del Muro de Berlín, y parece que vamos a la culminación de un ciclo irremediable. El abandono de Afganistán es otra nueva muestra de la impotencia internacional de sus políticas, gobiernen republicanos o demócratas. Especialmente en Oriente. Y no debiera espantarnos la hipocresía con que han actuado en este amplio proceso de veinte años, con grandes inversiones en corrupción y miles de víctimas de militares aliados. Entre ellos 102 españoles. No fuimos allí para liberar y democratizar a una población, hemos hecho una larga guerra para “proteger a EE.UU.” Por tanto, nada importa la suerte de quienes ahora quedan anclados en su hábitat con móviles en las manos, conectados a Internet o bailando Tick tock, quizás soñando con un mundo nuevo mientras inician el regreso a un régimen teocrático propio de la Edad Media europea.
Cuando celebremos las Navidades ya nadie encenderá una vela por el dolor de las subyugadas mujeres y niñas afganas, que hoy ocupan las cabeceras de todas las tertulias y comentarios políticos. Las incómodas cuestiones de género no figuran en los compromisos de rendición. El 29 de febrero de 2020 el gobierno de Donald Trump y los talibanes firmaron en Qatar el acuerdo de Doha por el cual, tras retirarse el ejército aliado, “no se podrá utilizar el territorio afgano para planear o llevar a cabo acciones contra EE.UU.” He ahí la confirmación de la derrota y la hipocresía sobre la que nació toda esta aventura.
No era el burka, no. Ni la implantación de la democracia y las libertades. ¿Se trataba de controlar el oleoducto transafgano, en cuya construcción está implicado EE.UU.? ¿La ínfima minería del uranio? ¿El comercio del opio? ¿La ruta de la seda? ¿Las reducidas reservas de petróleo y gas nunca explotadas desde la ocupación de la Unión Soviética? ¿La situación estratégica frente a un posible conflicto con China? Quien tenga la respuesta que tire la primera piedra mientras lloramos por las mujeres de Afganistán. En Irak no había armas de destrucción masiva, para esta otra guerra emprendida por el trio de las Azores no existía ni una falsa excusa.