
El odio nunca muere, decía Faulkner. Es un río subterráneo que circula a lo largo de la historia, transportando siempre los mismos estereotipos seculares: racistas, anticristianos, antisemitas, islamofóbicos, etc. Pero, de vez en cuando, ese río sale a la superficie y provoca erupciones muy violentas. Palestina, Israel, Rusia, Yemen, Sudán. De repente, odios larvados durante siglos desembocan en violencias extremas: terrorismo, asedios, bombardeos sobre civiles, limpiezas étnicas.
David Brooks, uno de los articulistas más leído del New York Times, en su último libro, How to Know a Person: The Art of Seeing Others Deeply and Being Deeply Seen, plantea muchos debates interesantes ¿nos hemos vuelto más crueles e inhumanos? ¿Hemos perdido la empatía y disfrutamos haciendo daño? ¿Creemos que el adversario ideológico no es digno de respeto?
Pero ¿por qué se produce esta eclosión de odios ancestrales y de ira, precisamente ahora? La respuesta parece clara: El mundo atraviesa una crisis política civilizacional, una época de crispación permanente, donde se fomenta la política de trinchera y un abismo imposibilita el entendimiento.
Hemos abierto de par en par las compuertas que contenían esos odios, y ahora andan sueltos. Suelen empezar con una pequeña semilla que crece sin medida si se riega con pobreza e injusticia y se abona con fanatismo. Indefectiblemente el odio genera violencia y de esta nace la venganza, que a su vez lo incrementa. Observo horrorizado lo que ocurre en Israel y cunde en mí un profundo desánimo. Me espanta la crueldad de unos y otros, en esta interminable guerra en la que todos tienen penas graves que purgar y en la que la conmiseración por el sufrimiento humano y la misericordia parecen haber desaparecido.
El odio, como discurso político, ha vuelto con fuerza inusitada, se viraliza a una velocidad nunca vista y nos engañamos si consideramos que sus estallidos son un fenómeno localizado. Parece algo estructural y, hasta cierto punto, específico de nuestra época, por su escala y la celeridad con la que se propaga. Son tiempos de ira extrema, con muchas guerras abiertas, donde las víctimas civiles no dejan de aumentar con más de 100 millones de desplazados forzosos.
El odio es siempre difuso. Con exactitud no se puede odiar bien, ya que la precisión trae consigo la sutileza, la mirada o la escucha atenta, la diferenciación que reconoce a cada persona como un ser humano con todas sus características e inclinaciones diversas y contradictorias. Tampoco es individual ni fortuito, ni se manifiesta de repente y por descuido. Siempre es colectivo e ideológico y requiere unos moldes prefabricados en los que poder verterse.
La vacuna la encontramos en el humanismo, que significa poner la dignidad de la persona por encima de cualquier ideología. Cuando la idea reemplaza a la persona, el extremismo se abre paso. Por eso el odio considera que destruir esa dignidad es de valientes y apelar a la paz de cobardes.
Cada época tiene sus síntomas y locuras. Estas son señales del estado de una cultura, de su sistema moral, y una verdadera advertencia. Hay que trabajar en restituir los valores, la solidaridad y el ejercicio de la política para el bien común. Es tristísimo ver que la humanidad se empeñe en seguir suspendiendo y eso que ya venía de repetir curso.



