
Es difícil que no se nos remueva algo dentro cuando vemos una tragedia como la de los terremotos de Marruecos o Libia desde la comodidad de nuestro primer mundo, eso si todavía nos queda corazón o empatía dentro de esta jaula de huesos que cargamos en nuestro interior.
Hay quien dice eso de que “a perro flaco todo son pulgas”, pero yo creo que en realidad Dios odia a los pobres. No encuentro otra explicación plausible aparte, claro está, de que no exista. Al final va resultar que Gagarin tenía razón cuando dijo que no lo había visto por ahí arriba durante su paseo espacial. Pero no, yo creo que existe y que además derrocha sadismo a toneladas: tres mil muertos en Marruecos y veinte mil en Libia. En el seísmo de Marruecos una escuela se derrumbó sepultando a treinta y dos criaturas. Después de los temblores en Libia, llegaron las inundaciones matando a mas de tres mil personas más.
Supongo que este Dios solo soporta levemente a los que somos más ricos, al fin y al cabo si nos ha puesto aquí, en esta situación de privilegio en la que estamos, por algo será. Si lo pienso bien, me cuadra bastante con aquel Dios del antiguo testamento que repartía cera a diestro y siniestro y ya no tanto con ese del que cantan que es amor, que la biblia lo dice y que San Pablo lo repite. Yo a esta deidad la veo más bien como a un niño pequeño en cuclillas machacando a las hormigas con inquina. No hay un solo ápice de amor en sus acciones y no cabe la débil excusa de nuestro libre albedrío.
¿No tienen bastante los marroquíes con tener a un sátrapa por jefe del estado viviendo en el extranjero, o no han tenido bastante los libios con la liberación de su país por occidente?
Pues parece ser que no; el señor que habita en el espacio tiene un perverso sentido del humor.
Tal vez sea que prefiere que lo veneren con una corona de espinas y no con turbante, lo que acrecentaría más aun si cabe mi teoría de que a su lado Stephen King es un escritor de cuentos infantiles.
Me admira la gente que conserva todavía la fe, y no me refiero a los que se disfrazan en semana santa para desfilar por las calles de un estado supuestamente laico como en el siglo pasado; personalmente pienso que buena parte de esta gente va por la fiesta, y probablemente sus creencias sean por defecto. Me refiero a quienes creen de verdad, que rezan, que se confiesan y hacen penitencia; esos que cumplen los diez mandamientos. Son pocos, pero existen, como los madridistas de izquierdas y son realmente dignos de esta alabanza sincera. Como no serlo, si todavía siguen adorando a alguien que odia a los pobres.



