“La sociedad deslumbrada”. Alberto Barciela

24 Setembro 2026

LA SOCIEDAD DESLUMBRADA

Es más que probable que estemos viviendo deslumbrados, ciegos de tanta luz y de tanta pantalla, concibiendo ilusiones y expectativas vanas, ofuscados, enceguecidos. Creo que la palabra que todo lo puede sintetizar, al menos lo que quiero expresar, es encandilados. En ella caben los admirados junto a los maravillados, entusiasmados, embobados, sugestionados y sí, apantallados.

El presente resulta abrumador, quizá fiel a aquella maldición oriental que nos deseaba vivir tiempos interesantes. Nos desbordan las novedades, las posibilidades y, sobre todo, las alarmas incontrolables: las que surgen de la inteligencia artificial autónoma, de la ausencia de mentes lúcidas en el gobierno del mundo, de la ambición desmedida, del consumo salvaje y de los tipos de interés. Las verdades asumidas se tuercen en mentiras dentro de una carrera precipitada hacia un abismo previsible en lo económico, lo climático y lo pacífico, con la única excepción de los impuestos, que se alzan como una realidad ineludible. Vivimos presos de un futuro tan cierto como incierto: el tiempo correrá inexorable trayendo nuevos progresos, pero avanzaremos acompañados de zozobras inéditas, empujados por el afán de poder, el coleccionismo fútil, la disputa por vanidades y la acumulación de datos. Todo ello pisotea lo que el sentido común debería dictar, la democracia blindar y la solidaridad compartir.

Frente a este horizonte, leo con atención las reflexiones de los grandes: de Pascal Quignard, de Ignacio Ramonet, de Peter Sloterdijk, por citar a tres de los últimos; releo a otros muchos, empezando por Václav Havel cuando advertía que la primera pequeña mentira contada en nombre de la verdad o la primera pequeña injusticia cometida en nombre de la justicia significan el seguro camino del fin. Admiro cada mañana a multitud de compañeros que con sus columnas, en la prensa o en la radio, tratan de construir un templo de raciocinio con matices, faltaría más. Pero quizás solo los clásicos, la prosa y en especial la poesía, me supongan con los diccionarios el balneario apetecido entre tanto desatino circunstanciante.

En momentos más prosaicos me detengo en Luis Goytisolo para recordar que “el ser humano ha conocido tiempos más sombríos, pero tan bobos, posiblemente no”. El novelista señala que el mundo está más necesitado que nunca de un pensamiento estoico adecuado al presente —un neoestoicismo— o de un nuevo epicureísmo; o mejor aún, de los dos. Y no le falta razón: el estoicismo, fundado por Zenón de Citio en Grecia y desarrollado en Roma por figuras como Séneca o Marco Aurelio, propone la razón y el dominio de las pasiones como camino hacia la virtud y la serenidad interior, aceptando con templanza aquello que no se puede cambiar. Por su parte, el epicureísmo, creado por Epicuro, busca la felicidad a través del placer moderado, la tranquilidad del alma, la ausencia de miedo y el cultivo de los afectos sencillos y los conocimientos esenciales. Ambas corrientes, cada una desde su método, persiguen la autonomía frente a las turbulencias exteriores y el sosiego del espíritu.

A esa misma búsqueda de certidumbre nos reconduce Ignacio Ramonet —retorno al paisano redondelano—, quien me recuerda en una magnífica entrevista realizada hace unos días por Héctor Bujari Santorum que, cuando se convirtió en comunicador, siempre intentó comprender los conflictos internacionales colocándose en el lugar de los diferentes protagonistas y preguntándose quién tenía el poder para imponer su relato. En una de sus conclusiones sintetiza el núcleo de nuestra encrucijada: el problema no es que tengamos demasiada información, sino que la recibimos sin suficiente jerarquía, contexto y verificación. Ahí reside la responsabilidad del periodismo contemporáneo: ayudar al ciudadano no solo a saber qué ha ocurrido, sino a comprender por qué ha ocurrido, quién se beneficia y qué intereses están en juego.

Me siguen encandilando las reflexiones serias, las palabras llenas de contenido y los buenos periódicos hechos por compañeros cuya profesionalidad, vocación y deontología les permiten vislumbrar alguna verdad en medio de un estercolero de mentiras, propiciado por poderes que jamás firman sus responsabilidades. Pueden dejarse encandilar, pero no permitan que esas fuerzas ocultas les deslumbren, muy en especial, tras el espejismo de sus pantallas: lean, paseen, charlen, abracen, compren en su barrio, visiten quioscos, librerías, salas de arte y museos, cuiden sus animales y plantas y disfruten, y escojan muy bien medios veraces, como el que están leyendo en estos momentos. Al fin y al cabo, la salvación individual siempre depende de la calidez de nuestro entorno inmediato. Dicen en Galicia que, ante tanta alharaca y tanto parpadeo fatuo, lo mellor es ir tirando, pues “na riada longa, o que non remata afogado, acaba por atopar a beira”. Paciencia y algo de luz para el camino. Vienen curvas.

Alberto Barciela

Periodista

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