Vine al calor de mi ciudad mediterránea y hago un resumen de la Compostela que acabo de dejar. Dejo la torre Berenguela andamianada para que la maquillen. Me dura la emoción cósmica del eclipse del 12 agosto. El Obradoiro en estremeció en esa hora de elegante desfile lunar.
Llegan a mogollón a Santiago caminando gentes de fuera. Coincidí con algunos en la Misa del Peregrino del sábado tarde. Voluntarios de la Orden de Malta traían en silla de ruedas desde Villalcázar de Sirga (Palencia) e hicieron ofrenda al Apóstol. Unos turineses más algunos carabineros trajeron a afectados de TEA (trastorno del espectro autista); decenas de malagueños entraron una cruz en la Catedral, que venía a hombros desde Roma; el celebrante principal saludó a centenares de peregrinos venidos de un centenar de países. Todo ello armó una liturgia participada y seguida con respeto.
Me vine de una ciudad chica a una ciudad grande… Las dos ciudades pobladas y visitadas por multitudes cada una a su medida. En cada hombre, en cada mujer están todo hombre, toda mujer. Mi paisano Enric Luzán hace la Vuelta al Mundo a pie y hoy está atravesando el Pamir, en tránsito de Tajikistán a China. También hoy combatientes de cuatro guerras siguen peleando hoy a muerte. Todo ahora. Aquí y allá al mismo tiempo.
Yo he venido a Premiá de Dalt (Barcelona) a conocer al último vástago de mi tribu, primer miembro de una quinta generación que me convierte en tío bisabuelo.




