Los seres humanos tratamos de vivir en paz, echando mano de las posibilidades que tenemos a nuestro alcance. Por ello usamos de lo que tenemos cerca, o buscamos lo que está más lejos, todo para lograr salud, paz y alegría en nuestra vida.
Sin embargo, hay algo que nos preocupa a los que creemos que existe una vida más allá de la muerte. Como no se trata de algo transitorio, sino duradero, consideramos que vale la pena trabajar por ello, para conseguir lo que deberíamos haber logrado a lo largo de nuestra vida, escuchando la palabra de Dios y dejándonos conducir por los consejos del Señor, de modo que, pasado el umbral de la muerte, el Dios de la vida nos conceda una existencia distinta, que no termina.
A veces, cuando vivimos, nos dejamos vencer por las tentaciones que el mundo nos ofrece, de suerte que, al final de nuestra vida, es muy útil y confortable hacer un examen de conciencia y, si no lo hemos hecho antes, enderezar nuestro camino. De ese modo, conseguiremos alcanzar esa gloria y esa paz que el Señor nos quiere ofrecer, y evitaremos el ser víctimas, en cambio, de esa tristeza con que el Señor castiga a los que se buscan a sí mismos, en lugar de preocuparse por sus hermanos, a la luz de lo que nos indique el Todopoderoso.
Cuando estamos en una situación de tránsito, lo que nos interesa a todos y cada uno de nosotros es el más allá: preparar nuestro futuro. Sería propio de insensatos el afrontar el momento de la muerte sin preocuparnos por el más allá. Tristemente, hay muchas personas que, sin conocer la esperanza cristiana, llegan a esa situación sin idea de lo que está para allá de la existencia terrena. Si, a lo largo de la vida, no hemos respondido a lo que Dios nos pedía, al menos, cuando la muerte nos acecha, que podamos enderezar nuestro camino. ¿Qué otra cosa nos puede interesar más en ese momento?
El poeta Jorge Manrique decía a propósito de la vida del hombre: “Este mundo es un camino para el otro que es morada, sin pesar; mas cumple tener buen tino para andar esta jornada sin errar”. Lo que sucede es que, a menudo, erramos, por lo que procede arreglar lo que
se pueda antes de dar el paso definitivo a una situación nueva, que puede ser de vida o de muerte.
Pues bien: hayamos recorrido la jornada de nuestra vida a tono con lo que Dios nuestro Señor nos pedía, o bien habiéndonos dejado seducir por las realidades mundanas, a la hora de la prueba vale la pena tener quien nos aconseje bien y nos prepare para morir en paz.
¿Qué es lo que nos puede ayudar a morir en paz…? Sin duda, el arrepentirnos del mal realizado y el pedir perdón al que es “misericordioso y fiel, lento a la cólera y rico en piedad”, el que tiene las llaves del Reino de los Cielos y puede impedir que vayamos a una situación de tristeza y dolor, algo que se prolonga a lo largo de toda una eternidad. Necesitamos entonces de una persona de fe, que tenga esa luz que Cristo ofrece al hombre.
¿Qué es lo que puede ayudarnos más entonces a la hora de la muerte? Sin duda, un ser que se haya consagrado a Dios, para servir a los seres humanos. Esa persona que, por encargo del propio Cristo, puede conseguirnos el perdón de nuestros pecados y consiguientemente la reconciliación con Dios. Esa persona puede abrirnos las puertas de la vida, para que podamos gozar por siempre con Dios nuestro Señor, con la Virgen María, con los Santos que hemos venerado a lo largo de nuestra vida, y con nuestros seres queridos. Esa persona es el sacerdote, y esa persona interesa a todos los que están en situación de salir de este mundo, como capellán del hospital, que estará siempre dispuesto, si solicitamos su ayuda, a escucharnos, a aconsejarnos y a concedernos el perdón, para disponernos así al encuentro con Dios.
¿A qué más podemos aspirar, a la hora de morir a esta vida, que a conseguir que Dios nos conceda esa felicidad que no terminará nunca? ¿A qué viene el permanecer en nuestra ceguera, y arriesgar la consecución de esa vida que Dios nos quiere dar?




