Un viernes de noviembre, a altas horas de la noche, llegamos a casa de mis abuelos paternos, en el municipio de Santiso. Llovía a cántaros. Estaba cansado y hambriento. El viaje, decidido de repente, se me había hecho eterno, cabeceando entre el mal tiempo y el calor del coche. En cinco minutos, mi abuela ya tenía preparada la cena: vino, pan y el arroz del almuerzo, recalentado en una sartén con huevos escalfados encima y unas hojuelas de pimiento para darle jugosidad. Estaba delicioso.
Hace años que sé que ese sabor es irrepetible. Cada plato cocinado es único, pero bajo esta obviedad yace otra certeza: somos nosotros quienes cambiamos. El niño que llegaba hambriento y con la alegría de pasar dos días en casa ya no existe, y sin él, el arroz recalentado es lo que siempre fue: un recurso de emergencia en la sartén. Álvaro Cunqueiro ya nos lo advertía: lo que convierte la comida en placer no es la química del paladar, sino la imaginación de quien la come. Y mi abuela, sin conocer a D. Álvaro más que de nombre, sabía fabricar esas ficciones con la sencillez del cariño.
Lo que nadie nos contó es que la imaginación también se agota. La infancia tiene el privilegio del asombro absoluto: de niños, cada sabor llega acompañado de la novedad del mundo, con la certeza y la alegría de ver cómo se expanden los límites de nuestra geografía. De lo que no éramos conscientes, entonces, es del hecho lógico y triste de que cada vez que adquirimos nuevos sabores, perdemos la posibilidad de experimentarlos por primera vez.
Convertirse en adulto tiene mucho que ver con eso. Conquistamos el mundo, lo reconocemos, con cada vez menos asombro y más juicio: las ciudades, las conversaciones, los trabajos, incluso los amores.
No sé si existe una cura para este desgaste, pero hay maneras nobles de superarlo. La primera vez que probé las ostras, me causaron una impresión, digamos, modesta. Las volví a comer años después en casa de un amigo francés, recién sacadas del mar esa misma mañana. Esta vez las esperaba con otra perspectiva: acababa de terminar de escribir un libro sobre Plinio el Viejo, quien las elogiaba con la pasión de un naturalista, y me senté a la mesa con la curiosidad centrada en lo que un hombre que había muerto hacía dos mil años me había enseñado sobre ellas. Conocen su gloria. No solo porque eran de mejor calidad, que también es cierto, sino porque alguien me había enseñado a contemplarlas con otros ojos.
La literatura no es un adorno en la mesa, sino un ingrediente más. También puede abrir el apetito. Pensemos en los salmonetes del inspector Montalbano, que Andrea Camilleri describe con una sensualidad tan contenida que uno termina más interesado en los almuerzos del policía de Vigàta que en resolver los casos. O en mi deseo, aún insatisfecho, de probar un filete Chateaubriand acompañado de un Burdeos, porque también quiero saborear la prosa de uno de mis escritores favoritos. La literatura no puede devolvernos el hambre ingenua de la infancia, pero tiene el privilegio de crear, quizás, una curiosidad más compleja.
Para mi abuela, el hambre, el cariño y unos pocos recursos modestos bastaban para hacer inolvidable una noche de noviembre. Nosotros, que ya hemos perdido la inocencia, tenemos que descubrir la historia de un plato para despertar una pizca de asombro. La infancia nos enseñó la maravilla de que todo era nuevo. La literatura nos muestra que nada tiene que ser nuevo para sorprendernos de nuevo. Todavía hay platos que no hemos probado, libros que aún no hemos leído e historias que pueden llegar a la mesa antes del primer bocado.




