“My God!”. José Fernández Lago

20 Xuño 2026

La abundante presencia de peregrinos extranjeros en Santiago hace escuchar alguna expresión como la inglesa repetida en el título del artículo, que recoge el suspiro de algunos visitantes de nuestra ciudad, y que uno añora el no sentirla casi nunca en una de nuestras lenguas: la expresión “¡Oh, Dios mío!”.

La espontaneidad y el poco espíritu religioso de muchos de nuestros paisanos les mueve, en cambio, a recoger expresiones tradicionales, y darles ahora otro sentido más terreno, distinto del original.

Así, recogiendo la idea de nuestros antepasados sobre la importancia de la fe para la vida cristiana, se habla a menudo de que “hay que tener fe”, para referirse al ansia de hacer caso a lo que otros puedan sugerir, aun en el caso de no comprenderlo. Dentro de poco, vamos a tener que concretar que nos referimos a “la fe teologal”…, para que se comprenda el sentido que ha tenido siempre esa fe que es creer lo que Dios nos indica, aunque no lo entendamos, más la confianza en que Él nos salva por los méritos de su Hijo, y “la obediencia de la fe”, por la que somos consecuentes con aquello que creemos.

La participación plena en la Eucaristía lleva consigo la comunión. En sintonía con el pan sin levadura propio de la fiesta de Pascua, cuando Jesús instituyó el sacramento de la Nueva Alianza, se utiliza para comulgar una hostia ázima, que, al ser consagrada, es la Sagrada Hostia, el Cuerpo de Cristo, que se entrega por nosotros y se nos ofrece como alimento. Sin embargo, con más frecuencia de lo que uno desearía se oye una voz molesta y agresiva, que desahoga pronunciando bien alta la palabra “Ostia!”, desvirtuación plena de lo que es el alimento espiritual, el Cuerpo de Cristo, recibido como alimento.

Otra consecuencia de la disminución del espíritu religioso se muestra al contemplar las esculturas que reflejan lo acontecido en un tiempo pasado. Algunas personas sin fe, prescindiendo del sentido religioso que tuvieran los que han dado lugar a esas figuras o escenas, les dan una dimensión que el protagonista de entonces no reconocería como suya. En los alrededores de San Fiz de Solovio una estatua quiere representar al ermitaño Paio calificándolo como “ollador de estrelas”, expresión apta para designar indiscriminadamente a un astrónomo o bien a un pasmón, en lugar de significar lo que era “o ermitaño Paio, intérprete da luz”…

Algo semejante ocurre con los visitantes de la iglesia de San Pelayo de Antealtares, que, sabiendo que allí se venera la “Virgen de la O”, al ver que se trata de la Virgen embarazada, consideran que se denomina de ese modo a causa de la forma curva del vientre. Lo hacen al no tener noticia de lo que una persona religiosa puede conocer: que esa fiesta se celebra el 18 de diciembre, dentro de las ferias “de la O”, unas celebraciones privilegiadas de preparación a la Navidad. En ellas, para el oficio de Vísperas, se emplean unas antífonas que, aunque en lengua española comiencen por “Oh”, en lengua latina se escribe a secas “O”, y de ese modo se dice “O Sapientia”, “O Fili David”, “O Emmanuel”, y así sucesivamente, a lo largo de siete días. He ahí la verdadera razón para denominarla “Virgen de la O”.

A la hora de interpretar la sonrisa del profeta Daniel en el Pórtico de la Gloria, dirán en seguida que sonríe atraído por la figura de la Reina de Saba, a la que tiene en frente, como Isaías y Jeremías y un poco más lejos Moisés. No se tiene en cuenta que el autor quiere recordarnos que los escritos de “la Ley y los Profetas” nos conducen a Jesús, y que este, que aparece en el tímpano como “Pantocrátor” (=Cristo en majestad) es anunciado en el libro de Daniel como el Hijo del Hombre a quien se concede todo poder y gloria (Dan 7, 13), por lo cual el rostro de Daniel no puede menos que sonreír satisfecho…

Algo semejante acontece con nuestra ciudad. He tenido la suerte de haber viajado mucho, siempre motivado por los estudios. En ningún lugar he oído que se refirieran a la capital de Galicia como “Compostela”. Siempre he oído denominarla “Santiago”, y solo si estaba presente algún chileno o bien un cubano se concretaba el vocablo “Santiago” añadiéndole “de Compostela”. Sin embargo, hay bastantes a quienes da la impresión de que les puede molestar el vocablo “Santiago” (referido al Apóstol que nos anunció la Buena Noticia de Jesús), y dicen siempre “Compostela”.

Y así podríamos ir señalando una serie de expresiones, algunas de ellas sobre manifestaciones artísticas, que tenían un sentido religioso original, propio de la vivencia de la fe que profesaban los autores, y que ahora, al contemplarlas alguna gente poco creyente, desfiguran su contenido original para manifestar lo que ellos ven, por eso que resulta ya tan familiar en nuestro ambiente: que “en este mundo traidor nada es verdad ni mentira, todo es según el color del cristal con que se mira” …

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