Hay gestos que no caben en ningún titular y que, sin embargo, sostienen el mundo mejor que cualquier
norma. Son gestos de manos. De aguja. De hilo enhebrado con paciencia en muchas tardes, mientras afuera
el pueblo continúa con su rutina, persianas a medio abrir y conversaciones de cafetería. Dentro, alrededor de
una mesa cubierta de telas y patrones, un grupo de mujeres cose en silencio corazones de tela.
Loli no buscaba nada extraordinario cuando cruzó el umbral de aquella tienda de patchwork en Lausana,
Suíza. La había llevado una amiga catalana, de esas amistades que nacen del azar y se consolidan sobre la
tela, entre retales y patrones, con ese idioma común que tienen las personas a quienes les gustan las cosas
hechas a mano. Y fue entonces, en ese establecimiento suizo, cuando sus ojos tropezaron con una bolsa.
Dentro, unos objetos que ella no supo nombrar. Unos churros, dijo después, con esa precisión lingüística tan
gallega, tan exacta en su aparente imprecisión.
La dueña le explicó para qué servían. Cojines con forma de corazón. Almohadas de recuperación para
mujeres a quienes acaban de extirpar un pecho. Algo que abrazar cuando duele. Algo que interponer entre el
cuerpo recién cosido y el mundo que sigue girando sin preguntar.
Loli escuchó. Y mientras escuchaba, algo se movía ya en su interior con la urgencia serena de quien reconoce
su destino sin necesidad de aspavientos. La dueña, al ver ese brillo, le regaló los patrones. Loli voló de
regreso con ellos como si llevara el mapa del tesoro. Esto tenemos que hacerlo en Noia, pensó. Y basta.
Lo que vino después tiene la forma de las cosas que importan: discreción, constancia, silencio. Mujeres
llegadas de clases de calceta, de punto, del gusto compartido por las labores, fueron sumándose bajo el
nombre de Amigas del Patchwork de Noia. Mujeres de todas las edades que convirtieron sus tardes en un
acto político sin saberlo, o sabiéndolo muy bien y prefiriendo no llamarlo así. Llevan años entregando
corazones al área de oncología del Hospital Clínico de Santiago. Corazones que una enfermera pone en las
manos de una mujer que sale del quirófano todavía aturdida, todavía buscando dónde apoyarse. Nadie sabe
ya cuántos han cosido. Siempre son pocos. Siempre hacen falta más.
En tiempos de épicas artificiosas y héroes de cartón piedra, conviene recordar que la ciudadanía también se
conjuga en pasado de costura, en plural femenino y en la primera persona de quien no espera
reconocimiento. Noia lo sabe. Y mientras haya manos dispuestas a coser corazones para quien los necesita,
habrá motivos para no perder la esperanza.
“Prioiridade nacional, onde e con quen?-“. Antón Luaces
Dicir "os españois primeiro" é o equivalente a poñer en determinadas bocas citas indebidas e nas mans desas persoas a chave que só abre portas a moi concretos españois que, dende as opcións de VOX e outros partidos das súas características, constatan que se...



