Está mogollón de lejos, pero no lo ‘siento’ ajeno: la plataforma James Webb es un observatorio espacial que, desde hace ahora cuatro años (dic 2021), facilita investigaciones en astronomía y cosmología. Una de sus posibilidades es observar los eventos y objetos más distantes del universo, como la formación de las primeras galaxias, estrellas y planetas. Este tipo de objetivos están fuera del alcance de los instrumentos terrestres y espaciales actuales. La luz que percibe el James Webb ha pasado 13.000 millones de años antes de llegar a sus pantallas. La Astrofísica nos abre la mente y no nos humilla. Nos pone en nuestro sitio, un pequeñísimo lugar en el Universo, el cual mide noventa y tres mil millones de años luz (…y cada año luz recorre nueve billones de kilómetros). Nos abre la mente, digo, y nos hace más sabios y curiosos.
Tengo gusto por lo que aporta el James Webb, pero mi preocupación de hoy ha sido llegar a tiempo al funeral de Manolo Seoane, hoy día de huelga de transporte urbano, y ofrecer sufragios por su alma en la capilla de Boisaca. Pienso que el alma de Manolo es inmortal y las lejanas estrellas que me acerca el James Web se apagarán. Somos más pequeños que ese telescopio, pero más listos. Puedo pensar qué pasa ahora mismo en lugares lejanos: lo que hace mi prima María Gracia, que vive en Buenos Aires, y si estarán durmiendo en Auckland (Nueva Zelanda), donde ahora es medianoche. Pensar en universal, actuar en local. El simultaneísmo me ayuda a sentirme lejos del todo de nadie y dolerme con Gaza, Ucrania y Venezuela desde casa. Cada punto es el centro del Universo, y en cada instante vibran los momentos pasados y futuros. Confieso que Alguien hizo las estrellas, al James Web, a usted y a mí. Y que ponernos ‘en modo’ simultáneo y ‘en modo’ sincrónico nos alegra la vida y aleja el aburrimiento.



