El temor a las fake news y a su potencial desestabilizador se ha extendido en la
opinión pública. Medios de comunicación, gobiernos, activistas, todos dan la
voz de alarma, a la vez que se acusan mutuamente de fomentarla o de permitir
su extensión. No resulta fácil poner el cascabel a un gato tan esquivo. Es un
fenómeno complejo que al no responder al patrón clásico de mentira o
propaganda, dificulta diferenciar lo falso de lo simplemente “sesgado”.
La desinformación, asociada a las fakes news, se ha convertido en un
fenómeno masivo que emponzoña la democracia, siembra desconfianza hacia
las instituciones y obstaculiza el proceso de toma de decisiones. Asimismo, el
progreso tecnológico y en especial la inteligencia artificial, promete avances
prodigiosos, pero riesgos no menores, ya que su capacidad de engaño
multiplica exponencialmente nuestra exposición a los bulos.
“En este mundo traidor / nada hay verdad ni mentira / todo es según el color /
del cristal con que se mira”. Los versos de Campoamor escritos hace casi dos
siglos, se ajustan como un guante a la doctrina que practican los activistas de
la desinformación.
Con la revolución sociotecnológica y la irrupción de las redes sociales, los
acontecimientos relevantes pasan a narrarse en línea y llegar a través de sus
dispositivos a miles de millones de personas. Este fenómeno acompañó y
aceleró la erosión de la confianza en los medios de comunicación tradicionales,
que acusados de defender intereses particulares, dejaron de ser el principal
elemento vertebrador de la opinión publica en las democracias postmodernas.
Pero de manera tan predecible como el perro de Pavlov, las mismas redes que
iban a emancipar al Homo sapiens del siglo XXI han generado los peores virus
a los que se puede enfrentar una sociedad abierta. Se reciclan imágenes viejas
para defender argumentos nuevos y se recurre a fuentes que reflejan sólo las
propias opiniones, lo que agudiza las divisiones sociales y políticas.
Luchar contra la desinformación, sin ser tarea fácil, pasa por el compromiso de
instituciones, medios y plataformas para anteponer la salud democrática al
beneficio propio. ¿Y qué decir de los ciudadanos? Un editorial de The
Economist titulado con ironía, “Este artículo está lleno de mentiras”, sitúa el
foco del problema en la credulidad del ciudadano. ¿Por qué es tan sencillo
engañarnos? Dejando de lado que hay mentirosos muy eficaces, se debe a que
tendemos a valorar más la emoción que la razón, lo que nos hace blanco fácil
de titulares sentimentales. También porque asumimos que las personas dicen
la verdad la mayor parte de las veces, si no, la convivencia resultaría imposible.
La desinformación sólo se podrá reducir si los ciudadanos están bien
informados, indagan sobre las fuentes de información y abogan por el
pensamiento crítico. Por ello, la alfabetización mediática, es uno de los mantras
de las estrategias para combatir la desinformación en Europa, donde España
ocupa, detrás de Hungría y Bulgaria, el tercer puesto de los países más
expuesto a este fenómeno según el eurobarómetro.
Una cita final nos da ciertas esperanzas: “Se puede engañar a todos en alguna
ocasión, incluso se puede engañar a muchos durante algún tiempo, pero no se
puede engañar siempre a todo el mundo”, Abraham Lincoln.



