Desvergonzado es aquel “que habla u obra con desvergüenza”, y también el
que “no muestra vergüenza por cometer acciones que se reputan inmorales”. Y
vergüenza es la “turbación del ánimo ocasionada por la conciencia de alguna
falta cometida, o por alguna acción deshonrosa y humillante”.
Por otro lado, sinvergüenza es un insulto, siempre que lo escribamos todo junto
y significa, dicho de una persona, “que comete actos ilegales en provecho
propio, o que incurre en inmoralidades”. Ese calificativo dirigido al presidente
del Gobierno, Pedro Sánchez, salta casi instintivamente cuando se le ve, se le
escucha, y se comparan sus declaraciones, opiniones, anuncios y promesas
con lo que realmente ha cumplido o va a cumplir.
Dice el refranero que la vergüenza cuando sale ya no entra, porque una vez
perdida, se pierde para toda la vida. Sánchez perdió la vergüenza política, si es
que alguna vez la tuvo, en el mismo instante en el que apareció en política. La
otra vergüenza, esa del “me da vergüenza”, la ha ido perdiendo poco a poco. Si
echamos la mirada atrás podemos recordar fácilmente cómo, al inicio de su
carrera política, le pillamos metiendo votos en una urna escondida, tratando de
falsificar el resultado del Comité Federal del PSOE que finalmente le descubrió
y le obligó a dimitir. Y sin ninguna vergüenza, se subió a su Peugeot 407
acompañado de Koldo y de Ábalos para recorrer España recabando apoyos y
convertirse de nuevo en el líder del PSOE, dejando a la vista de todos que su
ambición de poder es mayor que su vergüenza.
Que estamos ante un redomado sinvergüenza ha quedado más que acreditado
desde entonces. No le dio ninguna vergüenza subvencionar a su hermano,
colocar a los amiguetes, plagiar a diestro y siniestro, vivir del cuento y de los
cuentos.
Antes de ser Presidente, su esposa, Begoña Gómez, trabajaba en una
empresa que impartía formación a comerciales de telemarketing. Pero tras el
ascenso de su marido, esta paso de inmediato a anunciarse en sus redes
sociales como la puerta por la que las empresas pueden acceder a los
cuantiosos fondos que reparte su marido y a reunirse con empresarios cuyas
empresas son rescatadas por el Gobierno, y ello sin sonrojarse. Firma
certificados de apoyo a las empresas que financian sus cursos, para que ganen
concursos públicos millonarios, y tampoco se abochorna.
Dice Aristóteles que “la autoridad, por naturaleza, tiende a hacer el bien a
quienes le están sometidos. Pero si la autoridad se corrompe, perderá de vista
el bien común, perderá su naturaleza y perderá su propia razón de ser y ya
nadie le estará sometido”.
A Sánchez, lo único que parece darle vergüenza es que le abucheen en la
calle, le llamen traidor y le tilden de dictador. Pero enseguida se repone y no le
da vergüenza la caravana de coches de escolta que le arropan o que las calles
se corten al tráfico y se blinden kilómetros a la redonda desde el punto por el
que tiene que pasar. Habría que remontarse a 1808 cuando un Napoleón
victorioso manejaba España, con el consentimiento del Rey Fernando VII, para
sentir de nuevo la misma vergüenza que debieron sentir los españoles de
entonces.
Sánchez es un desvergonzado, o lo que es lo mismo, un atrevido, un
descarado, un descocado, un fresco, un impertinente… un sinvergüenza y tal
vez sea esto lo que precipite su salida del Gobierno antes o después.



