¿El mundo se ha vuelto idiota?. José Antonio Constenla

13 Maio 2024


Antes de que la palabra idiota fuera un insulto y la RAE en su diccionario la
definiera como tonto, corto de entendimiento o falto de instrucción, los antiguos
griegos la usaban para referirse a los que no se ocupaban de los asuntos
públicos y se dedicaban en exclusiva a sus asuntos particulares.
Hagamos un ejercicio rápido de cálculo mental. ¿Con cuántos idiotas diría que
se ha cruzado por la calle en la última semana? Puede que haya perdido la
cuenta. ¿Cuántas veces ha pensado que estamos en manos de auténticos
imbéciles? Dese un paseo por las redes sociales y diga si tiene o no la
sensación de que, incluso en estos tiempos, no hay mayor amenaza que el
virus de la estupidez.
Decía Quevedo, que de tonto no tenía un pelo, que todos los que parecen
estúpidos lo son y que, además, también lo son la mitad de los que no lo
parecen. Así que, en efecto, estamos rodeados.
Por tanto, y viendo como han proliferado, sólo nos cabe claudicar y defender
que dado que se ha convertido en el alfa y omega de gran parte de nuestro
quehacer cotidiano, habría que aclamar a los idiotas y reconocer que son
personajes a los que no se le da la importancia que merecen.
Los idiotas aparecen en la historia, con la cadencia de las olas en la orilla. Son
inevitables. A unos los necesitamos para que provoquen trabajo de forma
innecesaria. En este sentido, basta recordar a los idiotas adanistas e
iluminados, a los que es necesario demostrar una y otra vez lo ya demostrado
empíricamente, escrito y razonado.
Tenemos también a los idiotas artistas, especialmente presentes en nuestra
vida en el tiempo que dedicamos al ocio. Estos son los encargados de filmar la
misma película una y otra vez, pero siempre anunciando que han logrado
profundizar o superar la entrega anterior.
Esta semblanza no estaría completa si no incorporamos al mayor de los idiotas,
que no es otro que al que se le da una oportunidad y no la aprovecha. El mejor
ejemplo es el del gobernante al que se le entrega el poder, con una renuncia
absoluta, casi abandono, acompañada del mensaje de cambiar las cosas en
profundidad, y no lo hace. Ese idiota parece que se ha convertido en la piedra
angular de nuestra vida, pues él más que nadie, determina no sólo nuestro
presente, sino nuestro futuro y el de nuestros hijos.
Con estos ejemplos y esta manera de actuar, la idiotez ha adquirido un
inesperado prestigio y ha pasado de ser vergonzosa y tétrica a útil, casi alegre.
Sin embargo, yo tengo otra acepción menos romántica del concepto de idiota.
Es la que hace referencia al individuo como un discapacitado ético, distraído
deliberadamente de las implicaciones morales de sus decisiones y de sus
actos. En definitiva, un experto en prostituir los valores de la sociedad.
La obsesión de los filósofos clásicos por desentrañar el significado del
concepto, hizo que se olvidaran a su vez de algo fundamental, no pensar en los
sujetos y en su cura, que creo que pasa por estimular virtudes como la
benevolencia, la paciencia y la generosidad.
Nuestra última esperanza reside en las palabras del escritor Julio Camba, que
afirmaba que en España solo los analfabetos conservan íntegra su inteligencia,
y como aquí ya no quedan analfabetos, al menos funcionales, la inteligencia
habrá que buscarla en los hombres comunes. Por tanto, no perdamos la
esperanza, quizás no todo esté perdido.

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