¿Quién manda –que no gobierna- en Noia?. Juan Salgado

23 Marzo 2024


Comencemos por señalar un hándicap no menor. En tanto que villa gallega de reconocido
abolengo, de una vida comercial y social muy activa a lo largo de los siglos, Noia tiene como
especial seña de identidad un exacerbado sentido de participación en lo público, en lo
comunitario. Una implicación que le lleva a mostrar un alto grado de politización –en lo bueno
y en lo malo- en torno a cuanto sucede en el ámbito común, como pone de manifiesto la
representación política que, en las últimas décadas, aporta no menos de cinco formaciones
distintas a la configuración de su Corporación municipal. Lo explica un ejemplo de hace unas
semanas: la discusión sobre la necesidad de erradicar las humedades en un polideportivo
municipal originó un debate en pleno que superó –pese a los razonados avisos del portavoz del
BNG- más de hora y media de bizantina disputa. Como se ve, de todo se hace política.
Desde hace ya bastantes mandatos municipales, una candidatura independiente surgida de
una escisión del PP –por discrepancias exclusivamente personalistas y con el único
compromiso ideológico de la propia conveniencia- viene actuando como oportunista bisagra
en la formación del Gobierno, ya sea a derechas o a izquierdas, dada la dificultad existente
para conformar una mayoría absoluta unipartidista en medio de tan variada suma de siglas.
En las pasadas elecciones de mayo, el omnipresente Partido Popular provincial, como ya había
ocurrido anteriormente, olvidó de nuevo el viejo y sabio consejo de que “más vale ponerse una
vez colorado que ciento amarillo” y ordenó la negociación con el grupo independiente a fin de
aportar en su particular cosecha territorial una alcaldía más, sin pararse a pensar que podría
ser pan para hoy y hambre para mañana, lección que debieran tener aprendida ya tras lo
sucedido con el partido, desde hace varios años, en Costa da Morte o, más recientemente, en
O Barbanza. ¿En el futuro…? Dios proveerá. No importó, incluso, situar ante la opinión pública
a sus obedientes negociadores como plato de segunda mesa en busca de las migajas caídas o
que la alternativa de una alcaldía de izquierda se antojara casi imposible por la firmeza de un
BNG que, a diferencia del PP, hace virtud del dicho de que Roma no paga traidores.
Ahora, transcurridos con creces esos primeros cien días de gobernanza que la costumbre
aconseja dejar pasar para valorar toda gestión de lo público, hay creciente conciencia de lo
errado de aquel volver a ponerse amarillo, de la repetida inanición/claudicación de la cúpula
provincial. Lo muestra una configuración del Gobierno local de claro funcionamiento, y por
tanto imagen pública, bipartito –como en la Xunta de Touriño- en el que cada parte manda
–que no gobierna- en su particular parcela competencial, incapaces los independientes incluso
de defender, cuando al caso viene y que viene muchas veces (San Finx, pellets, marisqueo…),
la política de la otra parte como un todo que implica a ambos en la comprometida gobernanza
en común. Incapaces, en suma, de conjugar ni una sola vez un “nosotros”.
Más escandalosa resulta, desde la óptica de un gobierno en coalición, la unilateral venta de
proyectos e iniciativas (parque industrial, comercio local, Academia Xacobea…) que debieran
responder a la política consensuada de todo el Gobierno y que los independientes publicitan
como particular cosecha, no se sabe si con la aprobación o, incluso, el ¿conocimiento? del
grupo mayoritario. Peor aún, hay un constatable sentido de patrimonialización en exclusiva de
dependencias municipales –el Coliseo es un meridiano ejemplo- y hasta institucional -Museo
Avilés, misa de San Lázaro o el abracadabrante el Ría Fest de estos días- por parte de la
formación minoritaria, hasta el punto de disponer del uso de las dependencias públicas a su
particular conveniencia ante la indolencia de la formación que ganó las elecciones y que será la

que a la postre pagará las consecuencias electorales de esas políticas caprichosas, de
indisimulado amiguismo e incluso de dolosa connivencia con la oposición. La negativa a la
creación de una escuela de música bajo la dirección de la banda y el amparo municipal es otro
buen ejemplo de parcialidad y falta de compromiso social. Una torta, a la postre, en la cara del
PP. Porque, lo decía ya el presocrático Anaxágoras, “Si me engañas una vez, la culpa es tuya; si
me engañas dos, es mía”.
Hay, por fin, una clara impresión en buena parte de la ciudadanía de estar asistiendo a un fin
de ciclo, a la última etapa de una gestión agotada. Lo evidencia la falta de iniciativas
ambiciosas y sus consecuentes logros en comparación con los del alcalde “conseguidor” del
municipio limítrofe. Se nota en una acción política que se limita a la gestión del día a día
esperando a no se sabe qué tiempos mejores, mientras la apatía y el desánimo crecen en una
abnegada militancia que necesita espolearse para una mayor implicación en las
responsabilidades de partido y, por tanto, de aporte de sugerencias a la gobernanza municipal.
Porque hay, en la particular nómina del PP noiés, personas de valía ya harto demostrada en el
consistorio cuyo consejo debiera ser capital en estos tan inciertos momentos para la formación
de derechas a nivel local tan dada a practicar la táctica del avestruz y hasta ¿a aceptar listas
negras en sus filas impuestas por el socio coaligado?, como se sospecha.
Como cada partido es libre de hacer de su capa un sayo, no será desde aquí desde donde se
apunten posibles soluciones. Que las hay y que debieran venir, categóricas y por elevación y
dada la pasividad de la provincial, de la sede regional o, en su defecto, de la misma Génova 13.
Pero sí preocupa, a efecto de estas líneas, que la amplia mayoría del electorado de Noia que
acudió en mayo a las urnas con la esperanza de ver sustantivas mejoras en su bienestar
ciudadano de la mano del PP tengan que conformarse con un equipo de Gobierno bipartito
que, queriendo mandar cada uno en lo suyo, ni siquiera es capaz de gobernar.

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