
Hay amores que mueven montañas y otros que, a juzgar por lo visto en Fuenlabrada, aspiran a mover algo más delicado: la opinión pública. Pedro Sánchez y Begoña Gómez se besan, bailan y se dedican un “Que lo escuchen, te quiero” ante los asistentes a un mitin del PSOE. La escena tiene su punto romántico, aunque también mucho de espectáculo. Y uno piensa que, puestos a convertir la política en una historia de amor, quizá el siguiente paso sea pedir a los ciudadanos que miren hacia otro lado porque el presidente está enamorado.
Que nadie me malinterprete. Por supuesto que un marido puede querer a su mujer cuanto le plazca, besarla en público, bailar con ella y proclamarle su amor desde un escenario. Faltaría más y a mí incluso me parece un acto de justicia para quien comparte con uno la vida. El problema empieza cuando ese despliegue sentimental busca evitar que se hable sobre las diversas corruptelas que afectan a su entorno familiar y político, que nada tienen que ver con los sentimientos.
Creo que aquí reside el fondo del asunto. Si alguien pregunta por las explicaciones pendientes, parece que estuviera atacando una relación sentimental. Si alguien denuncia posibles irregularidades, corre el riesgo de ser presentado como un enemigo de la felicidad conyugal. Y si el presidente besa a su mujer ante las cámaras, quizá haya quien espere que todas esas preguntas se vuelvan de pronto groseras y hasta de mal gusto. Como si el amor tuviera efectos retroactivos sobre los expedientes judiciales.
No los tiene. Ni el beso más apasionado modifica una declaración ante un juez, ni un baile borra un contrato, ni la declaración pública de amor sustituye las explicaciones que se esperan de quien ocupa la presidencia del Gobierno. El Código Penal, por fortuna, no contempla el enamoramiento como atenuante universal.
Y todavía hay más y se ha insinuado la posibilidad de llevar a Begoña Gómez en las listas. No sabemos si la ocurrencia llegará a materializarse, pero la sola idea invita a preguntarse si estamos ante una propuesta política o ante una prolongación electoral de la historia sentimental del presidente. En cualquier caso, las listas de un partido deberían ser algo serio que incluyese a los mejores y no un instrumento para premiar afectos personales ni para convertir la lealtad conyugal en argumento de campaña.
El amor no puede convertirse en un escudo. A Sánchez le asiste todo el derecho a querer a su mujer, con cámaras o sin ellas. Pero desde luego, a los ciudadanos nos asiste el mismo derecho a pedir explicaciones, sin que nadie nos acuse de ser boicoteadores del amor más puro.
San Pablo escribió en su primera carta a los Corintios que el amor “no se alegra de la injusticia, sino que se regocija con la verdad”. Quizá no sea una mala lectura para estos tiempos. El apóstol no hablaba de mítines ni de campañas electorales, naturalmente, pero nos dejó la idea que conserva toda su vigencia de que el amor no está reñido con la verdad, ni puede servir para esquivarla.
Como dice el refrán, el amor podrá ser ciego, pero un país no debería estar obligado a serlo. Y si cada vez que aparecen preguntas incómodas el presidente responde con un beso, terminaremos descubriendo que la fuerza del amor tiene límites que no sustituyen la transparencia, ni para despejar las dudas, ni para gobernar un país.



