
Uno de los mejores momentos de mi semana es desayunar con mi mujer los sábados y domingos, para simplemente hablar sobre lo divino y lo humano. No parece algo extraordinario, sin embargo, sí que lo es. Una de esas mañanas hablando de lo difícil que se están poniendo las cosas en el mundo me dijo que tenía que ver el vídeo de la canción de Jorge Drexler, “¿Qué será que es?”. Como me conoce mejor que yo mismo sabía que me iba a gustar. Y claro que me gustó y desde luego me hizo pensar.
Me gustaron las imágenes efectivamente cargadas de nostalgia infantil, pero sobre todo me interesó la cuestión que se plantea en la canción sobre qué es la vida y qué hacemos con ella mientras intentamos comprenderla. La propia letra de la canción nos sugiere un camino interesante: “vivir y no tener vergüenza de ser feliz”.
Quizás aquí encontremos algunas de las claves de la felicidad. Primero querer ser feliz y después entender que no necesitamos que todo vaya bien para considerar que nuestra vida va bien. Podemos reconocer que existen dificultades, preocuparnos por lo que sucede a nuestro alrededor y seguir teniendo razones para agradecer aquello que tenemos. No se trata de negar la realidad, sino de aprender a mirarla sin permitir que lo malo termine ocupando todo el espacio.
Y, en medio de todo esto, uno se pregunta, ¿por qué no aspiramos simplemente a ser felices? Y no me refiero a una felicidad ingenua y pastelosa, en la que todo parece funcionar perfectamente y las personas sonríen mientras contemplan una puesta de sol. Me refiero a aprender a no buscarla en lugares equivocados, por ejemplo, en las experiencias placenteras o en metas materialistas que nunca garantizan un bienestar real. Es importante buscar el equilibrio entre lo que deseamos y lo que realmente conseguimos, entre nuestras expectativas y nuestras experiencias.
Y ahí quizá esté una de nuestras grandes dificultades, porque a menudo nos cuesta ser felices porque siempre encontramos a alguien que parece tener una vida mejor que la nuestra. Una casa más grande, un coche mejor, un cargo más importante, más dinero, más viajes, más reconocimiento, más seguidores.
He leído en alguna parte que un caballo sano puede vivir alrededor de treinta años y que una vida longeva podría imaginarse como los tres caballos que uno lleva dentro: con el primero vamos al galope, con el segundo avanzamos al trote y con el tercero, caminamos al paso. Me gusta esa imagen porque con los años uno empieza a comprender que quizá no tenga demasiado sentido competir permanentemente por llegar antes que los demás.
Tarde o temprano, con pasos largos o cortos, todos terminamos llegando a nuestra propia meta. Lo importante durante el camino es saber dónde ponemos los pies para no pisar demasiados charcos y, sobre todo, no pasar la vida mirando de reojo el camino de los demás.
Creo que ser feliz no consiste en tener una vida extraordinaria, sino en aprender a reconocer como extraordinaria la vida que tenemos. Un desayuno compartido, una conversación que se alarga sin darnos cuenta, la persona que queremos sentada al otro lado de la mesa, una canción que alguien nos recomienda porque sabe que nos gustará y nos hará pensar.
Tal vez no sea necesario mucho más que lo que decía Leon Tolstoi, “Mi felicidad consiste en que sé apreciar lo que tengo y no deseo con exceso lo que no tengo”.



