Guardo en una carpeta noticias tan extrañas y sorprendentes que no serían creíbles como
verdaderas si no aparecieran publicadas en periódicos serios. Bueno, pues hace unos
días incorporé a ese peculiar archivo la historia de Franco Malosso, un ciudadano de la
siempre fascinante Italia que construyó un teatro romano falso y llegó a vender entradas
para visitarlo.
Malosso levantó esa imitación de un edificio clásico en el municipio de Arcugnano
(7.800 hab.), provincia de Vicenza, lo presentó como un descubrimiento arqueológico
de la antigua Roma, con vestigios de Grecia, y cobraba hasta 40 euros por visitarlo. El
engaño funcionó un tiempo, hasta que el teatro apareció promocionado en una guía
oficial, alguien investigó y se descubrió la falsedad. Aquel vestigio del pasado era, en
realidad, una creación reciente con modernos bloques de piedra envejecida y el autor
del engaño arqueológico más insólito y sonado de Italia fue condenado a prisión.
No se puede justificar el fraude ni convertir a su autor en un héroe. Pero hay que
reconocer la imaginación y el ingenio de Franco Malosso, cualidades que los pícaros de
todas las épocas han demostrado que alcanzan cotas extraordinarias, como en este caso.
El episodio recuerda al pequeño Nicolás, aquel joven que hace una docena de años
logró codearse con políticos, empresarios y personajes de la vida social española
haciéndoles creer que tenía contactos y poder donde solo había desparpajo y fantasía. Su
talento para construir un personaje resultaba admirable, pero lo verdaderamente
sorprendente no era que Nicolás engañara con su labia, sino que tanta gente estuviera
dispuesta a creerle.
El caso Malosso se mueve en otra dimensión porque un anfiteatro no se edifica con
palabras. Para construir una obra de semejantes proporciones hacen falta terreno,
materiales, maquinaria, trabajadores y muchos meses de actividad. ¿Nadie de la
corporación municipal de Arcugnano vio aquel despliegue? ¿A nadie se le ocurrió
comprobar la licencia de la obra que se estaba levantando?. ¿O alguien lo vio y optó por
mirar hacia otro lado?
Las preguntas son pertinentes porque el talento del pícaro-impostor no basta por sí solo,
necesita de la permisividad (“ti vai facendo”), de la incompetencia o colaboración de la
autoridad competente. Si los responsables públicos hacen la vista gorda, el asunto pasa
de anécdota y adquiere la categoría de corrupción.
Por eso, antes de condenar a Malosso hay que preguntar qué hicieron las autoridades
mientras el falso teatro iba creciendo. Cuesta creer que nadie supiera nada y si lo sabían
y no actuaron, la “omertá” es más condenable que el engaño del pícaro. Lo cierto es que
Malosso engrosa la lista de los “genios” que Italia dio al mundo. En su caso levantando
una mentira y burlando a las administraciones. ¡Cosas veredes!.
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