Se dice que el dato mata el relato y los que hemos conocido estos días
contradicen, al menos en parte, lo que llevamos tanto tiempo escuchando.
Efectivamente, España crece y lo hace por encima de algunas de las grandes
economías europeas, pero una cosa es crecer y otra muy distinta ganar peso
económico.
El último escenario del FMI dibuja una España que, pese a mantener un
crecimiento razonable, se aleja de la primera fila de las grandes economías
mundiales, cayendo al puesto 14 del ránking mundial, después de haber
ocupado el 12º en 2025 y el 8º en 2004.
El tamaño de una economía determina su capacidad de influencia, de atraer
inversiones, de generar oportunidades y de competir en un mundo cada vez
más exigente. Claro que crecer más que otros es una buena noticia, pero
perder posiciones de forma sostenida frente a otras economías es, cuando
menos, una señal que convendría analizar.
Y hay otro dato poco esperanzador, el de la inflación, que refleja que los
precios se han disparado hasta el 4,3 % en agosto, siete décimas más que en
julio y el mayor incremento desde febrero de 2023. Pese a todo, el Gobierno se
jacta de que somos la economía comunitaria que más crece.
Pero existe una pregunta incómoda que las estadísticas no deberían ocultar,
¿de qué sirve crecer si cada vez cuesta más vivir?
Durante mucho tiempo se ha tratado la inflación como una abstracción
estadística, una cifra que sube o baja en una pantalla. Pero para las familias se
traduce en que llenar el depósito, hacer la compra, o llegar a final de mes
cuesta más. Si a esto le sumamos que los salarios están subiendo por debajo
de los precios, el resultado no necesita muchas explicaciones.
Para entender cómo están realmente las cosas conviene escuchar a quienes
quizá no sepan de teoría económica pero, carrito en mano, son los auténticos
termómetros de la economía real. Las amas de casa. Estas, tal vez no sepan
cuánto ha crecido el PIB trimestral, ni cuáles son las previsiones del FMI, pero
si saben cuánto costaba llenar la nevera hace un año y cuánto cuesta hoy.
Saben qué productos han dejado de comprar, cuáles han sustituido por otros
más baratos y cuánto dinero queda en la cartera después de pasar por caja.
Y hay algo más preocupante todavía. El problema no es solamente cuánto
crecemos, sino cómo crecemos. Una economía sólida no puede depender
eternamente de que lleguen más turistas, aumente el empleo o crezca el
consumo interno. Necesita producir más y mejor, elevar la productividad,
generar mayor valor añadido y competir en sectores estratégicos.
Aquí está la paradoja. Podemos celebrar que España crezca, presumir de qué
lo hace por encima de otros países europeos y presentar cada décima como
una victoria. Pero el crecimiento económico no sirve de mucho si no se
transforma en prosperidad, productividad, mejores salarios y mayor capacidad
adquisitiva.
Una economía no es solamente una cifra en un informe del FMI. También es el
supermercado, el alquiler, la factura de la luz, el depósito del coche y la nómina
que llega a final de mes.
Porque si mientras el Gobierno celebra que somos una de las economías que
más crecen, España pierde posiciones en el ránking mundial y las familias
pierden poder adquisitivo, quizá haya llegado el momento de admitir que no
todo es de color de rosa.



