Ha terminado el Mundial y uno tiene la sensación de haber asistido a un
campeonato extraordinario pese a quienes lo organizaban. Porque, mientras
millones de personas seguían con pasión cada partido, la maquinaria del fútbol
mundial parecía empeñada en recordarnos que el balón ya no es lo importante.
Lo importante es todo lo que puede venderse alrededor de él.
Entradas con precios prohibitivos. Consumiciones que parecen calculadas por
un banco de inversión. Aparcamientos con tarifas que harían sonrojar a más de
un hotel de cinco estrellas. Pausas para hidratación que algunos sospechan
más pensadas para colocar bloques publicitarios que para aliviar el esfuerzo de
los futbolistas. Todo convertido en producto. Todo monetizado. Todo
susceptible de generar un ingreso más. El aficionado ya no parece un invitado
a la gran fiesta del fútbol. Es, sencillamente, un cliente.
Luego está el VAR, probablemente el mejor invento mal utilizado de la historia
reciente del deporte. Y como si todo eso fuera poco, el Mundial ha tenido otro
protagonista inesperado: Gianni Infantino. Resulta difícil recordar un presidente
de la FIFA tan empeñado en ocupar el primer plano.
Dentro de veinte años nadie recordará estas minucias y lo que permanecerá
serán los goles, las paradas imposibles, las celebraciones y las lágrimas.
Permanecerá el balón y permanecerá España.
Nuestra selección vuelve a ser campeona del mundo y eso nos hace muy
felices. Una nueva estrella se cose sobre la camiseta y, con ella, una nueva
página de una historia deportiva sencillamente extraordinaria que seguro que
no se terminará aquí.
Hay quien piensa que la imagen de un país se construye únicamente con
campañas institucionales, oficinas de promoción exterior o sofisticadas
estrategias de comunicación. No estoy tan seguro. Pocas cosas proyectan
mejor el nombre de España que una selección levantando un Mundial delante
de cientos de millones de espectadores. Durante unas semanas, nuestro país
ha sido sinónimo de talento, esfuerzo, compañerismo, excelencia y victoria. No
existe campaña publicitaria capaz de comprar semejante prestigio.
Vivimos en un país que, demasiadas veces, parece empeñado en
contemplarse siempre por el retrovisor de sus defectos. Nos cuesta reconocer
lo que hacemos bien. A menudo hablamos de España con más resignación que
orgullo, como si el pesimismo fuera una prueba de inteligencia y celebrar
nuestros éxitos un ejercicio de ingenuidad. Pero la realidad suele ser bastante
más tozuda.
España es una gran nación. Lo demuestra su historia, su cultura, su capacidad
para sobreponerse a las dificultades y también, una vez más, su deporte.
Tenemos una gran selección, sí, pero también universidades de referencia,
empresas que compiten en todo el mundo, científicos admirados, artistas
universales y una sociedad que, cuando trabaja unida, es capaz de alcanzar
metas extraordinarias.
Quizá por eso la nueva estrella que hoy luce nuestra camiseta vale mucho más
que un título deportivo. Es un recordatorio de lo que somos cuando dejamos de
acomplejarnos.
Y tal vez el mayor triunfo de este Mundial no sea haber ganado con tanto
mérito una final. Tal vez sea haber recordado a millones de españoles que el
mayor complejo de este país nunca ha sido la falta de talento, sino la
costumbre de no terminar de creernos el gran país que somos.




