“El que se pica…, ajos come”. José Fernández Lago

15 Xullo 2026

A la luz de lo que se escucha estos días a nuestro alrededor, he estado dudando en mantener ese título en mi artículo, o sustituirlo por otro como que “El poder corrompe”. Existen dichos que hemos recibido de nuestros antepasados, y que no podemos aplicarlos indiscriminadamente a una u otra situación, ni tampoco considerar que han perdido totalmente su valor en el momento actual.

No podemos exigir a los que gobiernan nuestra nación que sean creyentes en Cristo, aunque, por un acuerdo implícito, sí que les podemos pedir que respeten la ética en todos sus pronunciamientos.

En lo referente a los creyentes, hay algo que, más allá de la ética, debe marcar su conducta, y que viene dado por aquella expresión proferida por Jesús de que “Yo estoy entre vosotros como el que sirve”. En esa línea hemos de percibir su acción de lavar los pies de los apóstoles en la Última Cena, algo que era propio de los discípulos con sus maestros y de los siervos con sus señores. Cierto que esas palabras de Jesús encajan bien con su modo de vivir, a tono con la afirmación de que, mientras que los pájaros del cielo tenían nidos y las zorras madrigueras, el Hijo del Hombre no tenía ni siquiera dónde reclinar su cabeza.

Jesús les pide a sus discípulos que, cuando ejerzan su labor apostólica, no lleven túnicas de repuesto ni alforjas para el camino, sino que se dejen acoger al llegar a un pueblo, y que, en compensación, curen a los enfermos y anuncien la paz a quien los reciba, y además que les digan que el Reino de los Cielos ha llegado para ellos.

Teniendo en cuenta que el poder no es el ámbito más propicio para desarrollar las virtudes evangélicas de ayuda al necesitado y del perdón de las injurias, el cristiano, en cualquier situación en la que se encuentre, debe luchar contra toda soberbia y animar a todos a vivir esa humildad que ha sido característica fundamental del Maestro, quien, a tono con ello, promete a los pobres y humildes el Reino de los Cielos.

Lo normal en nuestra sociedad es que, cuando nos echan algo en cara, a tono con el dicho de que “el que se pica…, ajos come”, tratemos de defendernos. Sin embargo, si el que es atacado profesa la fe cristiana, esa tendencia natural no se proyecta en el rechazo, sino que deja lugar al arrepentimiento, a la búsqueda del perdón, y a una vida marcada por la humildad, el espíritu de pobreza, y la preocupación por ayudar a los más necesitados.

El entorno de la “ética” requiere el “dar a cada uno lo suyo”. Creo que eso es algo que puede pedírsele a todos los miembros de una sociedad organizada, incluso a los que ostentan el poder, en orden al progreso técnico y sobre todo humano. Por supuesto, los cristianos hemos de respetar la ética…, aunque no podemos quedarnos ahí sin ir más allá. La escucha de la palabra de Dios, la confesión de nuestras faltas y el llevar a Jesús en nuestro corazón, al recibirlo en la Eucaristía, ha de conducirnos a no rechazar a nadie: más bien hemos de ser respetuosos con todos, y seguir el camino que el Espíritu Santo nos marque. Así, amando a Cristo en el prójimo, en especial a los más necesitados, colaboraremos a que nuestra sociedad sea más justa y progrese en humanidad y en el amor mutuo, de unos para con otros.

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